sábado, 6 de junio de 2026

¿Es mejor entrenar IAs que educar a un ser humano?

 

La Inteligencia Artificial Generativa (IAG) en Educación:

¿Conformar-nos, capitular o radicalizar la misión pedagógica?

 

"No hay documento de cultura que no lo sea al tiempo de barbarie"

Walter Benjamin

 

En una reciente entrevista que le hacen a Sam Altam, CEO de Open IA, la empresa tecnológica de Elon Musk[1],  le preguntan sobre el gasto energético que tiene para el planeta el sólo entrenamiento de una IAG, sin contar los desmesurados usos que hacemos hoy de ella, frente a lo cual responde: “Me parece injusta la comparación que se hace si se tiene en cuenta lo que implica formar a un ser humano que dé respuestas plausibles, lo que toma aproximadamente —dice— 20 años de vida y toda la comida y recursos que consume en ese tiempo hasta que logre alcanzar un nivel de inteligencia comparable”. Sugiere, entonces, Alman, que invirtamos la pregunta, para, en consecuencia, ver lo que, según él, es más que evidente: es mejor entrenar IAs que educar a un ser humano.

No es necesario hacer una lectura entrelíneas de hacia dónde van este tipo de empresas, pues ellos mismos lo dan a conocer sin sonrojarse: no se trata de altruismo, tampoco de liberar el tiempo de los seres humanos para poder delegar tareas técnicas y así poder dedicarnos al cultivo del espíritu y las artes, como se entendió o se quiso asumir la supuesta promesa de estas tecnologías. De lo que se trata, abiertamente, es de un reemplazo, de lograr sacar a las personas de la ecuación y seguir obteniendo las mayores ganancias. Sin embargo, lo más llamativo o preocupante no es esta verdad de a puño, sino el hecho de que estos monopolios hayan logrado moldear o instalar en la vida social la idea de que las IAs son necesarias, fundamentales e ineludibles, lo que se ha traducido, para el contexto educativo que nos atañe, en una forma de autoexigencia o auto imposición de parte de las instituciones de educación (en los distintos niveles) en aras de situarse a la “vanguardia tecnológica”.

Basta estar unos minutos en las redes o estar adscrito a determinadas listas institucionales para recibir todo tipo de ofertas en las que prometen enseñar a usar eficazmente la IAG en la enseñanza y la investigación; claro, advirtiendo siempre que dicha asunción va acompañada de principios o manuales de uso ético. Pero ¿es posible esto, hacer un uso ético de la IA? A menudo se piensa que el riesgo principal que presenta esta tecnología es la afectación en el mercado laboral que resulta del proceso de automatización que elimina miles de empleos, otrora oficios y profesiones desempeñados por humanos, sin ofrecer(les), además, ninguna alternativa; y aunque este es un riesgo ya observable, el asunto de fondo es que estos sistemas computacionales vinculados a las IA son sustentados por la explotación de seres humanos e ingentes recursos naturales tal y como lo ilustra  Kate Crawford en su libro “Atlas de la IA: Poder, política y costos planetarios(2021)[2].

De acuerdo con Crawford, los costos de esta cadena de explotación se reflejan en todas las etapas del proceso de desarrollo de la IA, desde el sector minero, donde se extraen y transportan recursos para crear la infraestructura central de estos sistemas, hasta el lado del software, para el que se distribuyen diversas tareas, entre otras, la de los “trabajadores” de entrenamiento de datos, que reciben una ínfima retribución y no cuentan con ningún tipo de condiciones laborales; adicional a ello está el costo hídrico y el crecimiento exponencial de la huella de carbono[3].

La devastación no puede ser peor y se suma al panorama poco prometedor para el futuro de nuestra especie ad-portas de una catástrofe climática, que ya estamos experimentando. Pensaría uno que este paisaje de la naturaleza antiética de la IA sería suficiente para darle la espalda, no sólo por la estela de víctimas que deja a su paso, sino por riesgo mismo que conduce al agotamiento de los recursos que mantienen la vida en el planeta. Sin embargo, los desmesurados usos de la IA que no cesarán por estos llamados al cuidado de sí, del otro y del medio ambiente nos lleva a adentrarnos en las cuestiones que atañen a su incidencia en la educación.

Por supuesto, en un contexto escolar y académico marcado por la exigencia de demostrar la “calidad de los procesos y su gestión” tal como se haría en una empresa —modelo que ya está instalado hace décadas—, esta tecnología, que realiza muchas de esas tareas en tiempo récord, se torna más que útil.  El problema aparece cuando se traslada a los procesos propiamente escolares, pedagógicos e investigativos.

La IA, la docencia y la investigación

En el ejercicio de la profesión docente, la IA provee textos, videos, planificaciones de clase, diseño de materiales y rejillas de evaluación, entre otros, lo que hace pensar a muchos en el riesgo de relevo de los profesores o en el vaciamiento de los procesos de desarrollo curricular y de la evaluación de los aprendizajes. Sin embargo, para la Pedagogía, la automatización de tales procesos siempre ha sido insuficiente para reemplazar a un maestro, pues lo que se juega en una situación educativa más allá de la planeación, el diseño paso a paso y la delimitación de los recursos o medios (otrora entregados por el diseño instruccional en el modelo de Tecnología educativa) es el encuentro con los otros. El encuentro, siempre incalculable, con un grupo de estudiantes en ese espacio/tiempo de la clase que, como bien nos lo recuerda el pedagogo Phillipe Meirieu, nos exige siempre una inventiva formada, esto es, la capacidad de responder y decidir, de manera situada y acertada (o lo más acertada posible) a aquello que emerge en el aula, de manera contingente, a propósito del estudio de una porción del mundo.

Esta capacidad lúcida, lúdica y creativa no se consigue dominando algoritmos, sino estudiando a los que han lidiado con toda suerte de problemas de orden pedagógico, allí en la clase, en la escuela. Los que han teorizado, pero también, han logrado sortear ellos mismos tales contingencias y dificultades creando así doctrinas (cuando se trata del canon en la Pedagogía) o propuestas pedagógicas cuando se trata de maestras o grupos y redes de maestros que sistematizan sus prácticas y las dan a conocer).

Ahora bien, en el contexto académico e investigativo la IA, como ya se sabe, apoya la búsqueda de bibliografía, enumera, sistematiza y compara conceptos o incluso enfoques, revisa la consistencia de un argumento; puede, además de eso, sugerir rutas metodológicas o visualizar relaciones en los datos arrojados por una investigación, entre otras ayudas. Bien utilizada, se corea en las redes, logra optimizar el trabajo del investigador, pero usada como “coartada intelectual” conduce a la sustitución de su juicio profesional. Sin embargo, ese no es el principal problema, pues los llamados “to cut cornes” en inglés, es decir, los que toman atajos, lo harán siempre, lo han hecho ya.

No obstante, se puede automatizar una pregunta de investigación, simular la construcción de un marco teórico o de un estado del arte, incluso, delegar el proceso analítico, pero la IA no puede responder por lo que afirma, escribe, concluye. Ella carece de imputabilidad y quien responde ante los otros es el sujeto implicado.  Y aquí viene una contradicción elemental, pues, si es sujeto, es responsable de sí, ha alcanzado la mayoría de edad, esto es, la capacidad de juicio y razón propia, por lo tanto, no cabría la duda de que es autor de lo que escribe…



Por otra parte, la formación en investigación supone la construcción de preguntas debidamente situadas, esto es, en un marco discursivo, conceptual y epistémico que propicia su emergencia, y de otro, el desarrollo de los rudimentos mismos del pensamiento analítico, lo cual se logra a partir del trabajo directo con las fuentes de estudio, leyendo, resumiendo, construyendo fichas analíticas, tomando apuntes o escribiendo esos “insigths” o ideas claves que emergen en cualquier momento cuando se está rumiando un problema. Todo esto implica tiempo, habitar el objeto en cuestión y el grado de incertidumbre que supone recorrerlo desde cierta perspectiva o mirada construida y en ese recorrer el camino de resolución o no del problema es que se construye un método, una forma de pensar, como lo enseñó Descartes en el siglo VXII.

En ese orden de ideas, las IA, cuyos modelos de lenguaje producen textos en serie que ya son fácilmente reconocibles, pueden recombinar mil formas de entender unos resultados, pero no pueden proponer una nueva hipótesis de sentido, esto último aún es propio de los humanos. Las IAs pueden escribir una disertación, pero no pueden asumir la responsabilidad de lo que allí se expresa. La IAs puede repetir un aparato crítico con solvencia, pero no puede hacer vigilancia epistémica, lo que si le compete al investigador en formación y a sus tutores: reconocer los sesgos y los propios los límites.

Cuando las respuestas plausibles se vuelven triviales de producir, nos dice Schenll, “lo que está en juego ya no es proteger los trabajos, sino formar y poner a prueba el juicio” [4]. Es decir, no basta con que un artefacto pueda producir y concatenar varios enunciados sobre un objeto, de manera coherente como lo hace una IA; es necesario que un sujeto pueda dar cuenta de que ese “entregable” ha sido probado o pasado por el tamiz de la razón. Es el sujeto el que puede sopesar los argumentos y enunciar o defender determinada perspectiva sobre los objetos del de mundo en cuestión.

Si la IA, como sostiene Schenll no solo abre un nuevo capítulo en el fraude académico, sino que desestabiliza el régimen de prueba en el que la universidad se ha basado durante mucho tiempo, esto es, en los productos terminados: reseña, ensayo, informe, proyecto, tesis, etc, el escenario que se abre es el de acrecentar, de nuevo, los espacios de tutoría o de clases (no abarrotadas de alumnos) en las que se pueda no sólo leer y escribir en presencia, junto con otros, sino también escuchar y preguntar acerca de lo que se lee y se escribe, en tanto la prueba intelectual de que hay un sujeto discursivo respondiente de su palabra es justamente, como nos lo enseñó Bajtín, que este puede responder por su palabra y la palabra de los otros en el ese doble sentido: de responder como réplica y de responder como responsabilidad.

Las salidas

Salida 1. Reglamentación, detección, vigilancia. Crear manuales de uso ético, adquirir programas de detección de IAG, crear rejillas para manifestar el porcentaje de uso de  IAG: es un camino probable, pero imposible, no solo por el agotamiento que conlleva en términos prácticos para cada profesor, sino también porque es ineficiente, en tanto estos modelos de lenguaje día por día se mejoran y se actualizan.

Salida 2. La prohibición, es imposible, ya está en uso en el conjunto del estudiantado de pregrado de la UPN (Ver resultado de investigación del proyecto Raíces y Alas) y seguramente en los estudiantes de posgrado.

Salida 3. La capitulación en forma de adaptación en la que están casi todas las universidades: que se aprenda y se enseñe a redactar buenas instrucciones (prompt) y a utilizar las herramientas con la mayor rapidez. El resultado de este conformismo, es decir, de adquirir la forma de esta tecnología es que estaríamos en las antípodas de la educación, que se trata justo de ampliar y comprender con hondura el mundo (social, físico, cultural) que habitamos al tiempo que ensanchamos el mundo propio de nuestros estudiantes.

Si la IAG viene a garantizar la producción de textos en serie, con suficiente fluidez y sustento, lo que le queda a una universidad formadora de maestros es la tarea de volver a enunciar y a trabajar con más fuerza la misión que le compete, radicalizarla:

Formar el pensamiento y el juicio, enseñar a sopesar las ideas, a revisar su grado de validez, enseñar a articular la palabra propia (que siempre es dialógica) y a responder públicamente por la palabra.  Y para ello necesitamos volver a enseñar y aprender los rudimentos del trabajo intelectual: leer en clase, escribir en presencia, conversar acerca de las comprensiones y apropiaciones de lo leído (para distinguir entre una idea producida como información frente a una idea comprendida y apropiada), volver a las fuentes institucionalizadas de los campos teóricos de saber, es decir, a los libros y a los artículos académicos.

Volver o recrear Una pedagogía de la lectura, que implique una contextualización de los textos propuestos y el propósito que nos guía (no es lo mismo leer para construir conceptos, que para revisar la lógica argumentativa y discursiva de un artículo académico o para aprender a hacer un estado del arte) diseñando consignas claras o  mapas de lectura para no dejarlas a la deriva, moderar la cantidad de textos y obras, haciendo una selección explícita en la bibliografía en la cual quede claro cuáles son las lecturas de fundamentación y cuáles las complementarias; enseñar la aplicación de técnicas básicas como el subrayado, la glosa y/o resumen (para jerarquizar la información más relevante de la irrelevante) o la toma de apuntes, diferenciar una bibliografía con fuentes primarias de las fuentes secundarias mostrando el valor de cada una, explicar y mostrar la importancia de las citas textuales y contextuales en el marco de una argumentación, leer in situ, leer con otros, leer en clase, leer en voz alta, etc.

Así también implementar una pedagogía de la escritura que hace visible el trabajo de planeación, revisión, edición de los textos y no solo el producto final.  Que enseñe los rudimentos propios del trabajo de escritura, tales como la elaboración de borradores o primeras versiones, etc.

Recordar con Freire, pero sobre todo con Bajtín, que formamos a un sujeto que profesa su palabra, su saber, formamos en estricto sentido a un sujeto discursivo, esto es, un sujeto respondiente porque todo discurso es dialógico, se construye con voces ajenas.

Porque si se acoge la IA como algo bueno per se, es porque seguimos promoviendo un sistema educativo que premia resultados y no procesos. Y son los procesos los que verdaderamente educan, saltárselos es abrazar la idea de que hay que producir al ritmo desenfrenado que demanda el capital, lo cual significaría, ni más ni menos, renunciar a nuestra tarea formadora para adaptarnos al engranaje tecnológico. Volver a resignificar la idea de que estudiar tome y toma tiempo, de que quizás no hay otra actividad que lo requiera tanto y lo amerite, pues ¿para qué queremos ahorrarnos el tiempo del estudio? El amor es para los que aman el trabajo, dice el poema.

Para un estudiante que usó IA para escribir un ensayo

Ahora dejo que caiga de nuevo

entre la hierba.

Te escucho. Sé

que esta vida es dura ahora.

Sé que tus días son preciosos

en esta tierra.

Pero ¿de qué estas tratando de

liberarte?

¿De vivir? ¿De la milagrosa

tarea que supone?

Amar es para quienes aman el trabajo.

 

Joseph Fasano 


Así que antes que un manual de uso de IA, necesitamos un manifiesto por la lectura, la escritura y la disertación oral que ponga de nuevo en el centro de la discusión la misión específica de la Universidad, y especialmente, la de una Universidad que forma maestros y maestras.

https://www.unesco.org/es/articles/mas-alla-del-bucle-recuperar-la-pedagogia-en-la-era-de-la-ia

https://vientosur.info/philippe-meirieu-dejemos-de-idolatrar-lo-digital/

https://www.youtube.com/watch?v=yn5gVKHkRTg

https://www.educacionfutura.org/la-pregunta-equivocada-sobre-la-inteligencia-artificial-en-educacion/ 



[1] En el marco de la Cumbre de impacto de la IA celebrada en India en febrero de 2026. https://www.youtube.com/live/qH7thwrCluM

[2] Kate Crawford (2021) en su libro ‘Atlas of AI: Poder, política y costos planetarios’.

[3] Una reciente investigación del Instituto de Estudios Ambientales en Ámsterdam estima que “La huella de carbono de los sistemas de IA por sí sola podría estar entre 32,6 y 79,7 millones de toneladas de emisiones de CO₂ en 2025, mientras que la huella hídrica podría alcanzar entre 312.500 y 764.600 millones de litros. Para poner esto en perspectiva, se encuentra en el mismo rango que la huella de carbono de la ciudad de Nueva York (52,2 millones de toneladas de emisiones de CO₂ en 2023²⁷ ).  De manera similar, la huella hídrica de los sistemas de IA podría estar en el mismo rango que el consumo anual mundial total de agua embotellada (446.000 millones de litros²⁸ ). Tareas tan sencillas como responder una pregunta con un texto de respuesta de 100 palabras consume alrededor de 5.19 mililitros de agua y en términos de energía el consumo promedio de esas mismas 100 palabras es de 0,14 kilovatios por hora, suficiente para alimentar 14 bombillas LED durante una hora, multipliquemos eso por los millones de usuarios que minuto a minuto preguntan de manera innecesaria cualquier cosa a la IAG. Adicional a ello están los “creadores profesionales de bazofia”, esto es, todo tipo de textos (libros de autores y temas inexistentes) y mensajes visuales o audiovisuales que están convirtiendo la internet en un monumental botadero de basura, lo que antaño fuera una gran biblioteca abierta y accesible para casi todos. Sobre esto último se puede ver el documental de la DW ¿Supondrá la IA la muerte de internet? https://www.youtube.com/watch?v=Oz8uozS8LIQ