miércoles, 20 de mayo de 2026

La I A no es fuerza de trabajo sino medio de producción

Ante el desconcierto causado por el enorme salto cuantitativo y cualitativo de la tecnología en los últimos años, la corriente principal de las ciencias humanas actuales sostiene, más o menos, que la tecnología ha cambiado nuestra condición antropológica y que, exagerando nuestra interpretación, hemos pasado de ser la especie homo sapiens sapiens a ser el homo sapiens tecnologicus o algo parecido. 

La técnica, o sea la capacidad de construir instrumentos de trabajo, es una condición antropológica o, como diría Chomsky, una facultad propia de la especie, una competencia, como el lenguaje, que se activa en el individuo de la especie por el solo hecho de estar en la sociedad. En tal caso, la humanidad ha desplegado capacidades técnicas durante sus 100 mil años aproximadamente de existencia, al mismo tiempo que ha desplegado el hablar. 

Dicha capacidad técnica, entendida como “conocimiento subjetivo procedimental con fines instrumentales”[i], que es antropológica, es equivalente al trabajo, el cual, en términos de Marx, es la capacidad de producir instrumentos de trabajo. Por virtud de la capacidad técnica, la humanidad siempre ha producido Tecnología, entendida como “conocimientos instrumentales objetivados en un artefacto”[ii]. 

La confusión actual cuando se habla de Inteligencia Artificial radica en que nos dejamos guiar para la discusión por la explicación positivista de la historia, basada en la tecnología predominante como motor de la historia, la cual presenta la tecnología como neutral, en vez de explicar la historia según la clase dominante, como lo hace el materialismo histórico y, por consiguiente, introduciendo la lucha de clases como fuerza dinámica. En consecuencia, hablamos del neolítico, la edad de hierro, la era digital, etc., en vez de ocuparnos del capitalismo o el esclavismo. 

Ahora bien, los cambios tecnológicos han sido una constante en la llamada civilización occidental, pero estos cambios no se hacen para favorecer a los dominados y a los explotados sino a los poderosos. Estos son los que tienen la capacidad de imponer una tecnología en la sociedad dependiendo de sus intereses. Ninguna tecnología es liberadora, sino que, al contrario, toda tecnología nueva favorece el poder de quienes tienen el poder o la propiedad sobre aquella[1]. 

En el capitalismo se han producido los avances tecnológicos más visibles y disruptivos de la historia. Estas tecnologías tienen que ver con el aumento incomparable de la producción material y también del conocimiento, es decir, son producto de una tradición técnica y lógica que llamamos ciencia y que no es la del saber popular. Por eso mismo, la manera como las personas se relacionan con sus productos varía según características de la cultura popular, produciendo algunas concepciones como las siguientes, sin pretensiones exhaustivas ni de prioridad: 

La primera es la concepción que podríamos llamar Mítica, que la ve como Dios (Demiurgo), como ser sobrenatural o como producida por un ser sobre natural. Es la condición de todo pensamiento humano originario, la manera de llenar el hueco semántico de algo que no se entiende. “A nivel cotidiano ahí está el hueco semántico desde el que las tecnologías son consumidas al no poder ser referidas en lo más mínimo a su contexto de producción: un hueco que la mayoría en estos países colman semantizándolas desde el lenguaje de la magia y la religión”[iii]. 

La segunda es la versión animista que la entiende como ser vivo, natural. Se cree que “hay almas por todas partes y que destruir algo, sea lo que sea, forzosamente destruiría un alma”[iv]

Esta se relaciona con la versión mágica que también atribuye poderes a algunos objetos que tienen capacidades prodigiosas, es decir, no sujetas a las leyes de la naturaleza. Esta, la magia, a diferencia de la ciencia que se basa en la ley de causalidad, se basa en dos leyes distintas: la ley de semejanza (lo semejante produce lo semejante) y la ley de contacto o contagio (“las cosas que alguna vez estuvieron en contacto se actúan a distancia”[2]). Así, de acuerdo con la ley de semejanza, se cree que la inteligencia artificial, por llamarse inteligencia, puede suplir los procesos psicológicos superiores de la mente humana: “la recordación voluntaria, la atención activa, el pensamiento abstracto, la acción voluntaria”[v], además del juicio moral y estético. O más exactamente, según Rodríguez (2026), “Es una tecnología que permite a las máquinas simular capacidades humanas tales como el aprendizaje, el razonamiento, la percepción, la solución de problemas, la toma de decisiones y la creatividad”[vi]. Por la ley de contacto o contagio, se cree que el conocimiento científico aplicado en la producción de los algoritmos se va a transferir a los usuarios por el contacto con las tecnologías producidas.



Hay otra manera entenderla descrita por Sherry Turkle que podríamos llamar antropomorfista[3], consistente en que, por ejemplo, al llegar el computador personal a la escuela, los niños comienzan a verlo como un ser vivo, pero cuando logran establecer la diferencia entre lo vivo y lo no vivo, todavía siguen relacionándose con él en términos afectivos y no intelectuales y comienzan a tratarlo como “mi segundo yo”, con el cual se puede interactuar. 

Pero la más relevante por sus consecuencias en el sentido común es la versión positivista, la más propia del capitalismo, que presenta la tecnología como Hiper Racional, Super humana y autónoma, propia de la idea de progreso, según la cual cabe la posibilidad de una existencia y evolución autónoma de las máquinas y de un dominio de estas sobre los humanos. Desde luego que esto no va a suceder, pero es conveniente para el capital dirigir la lucha hacia la tecnología del momento y no hacia los dueños del capital que la producen y la utilizan precisamente para aumentar su capacidad de dominio. 

Lo que estamos viviendo no es la lucha contra las implicaciones de la I A, sino la manera como todas estas versiones se juntan en la cultura popular, con lo cual se logra desviar la discusión de las implicaciones de la I A en la relación entre capital y trabajo y en la condición social de los trabajadores. Entonces nos dedicamos a discutir temas como estos, también relevantes, pero no precisamente críticos, propuestos para un próximo evento de comunicación[vii]: 

“1. Ética periodística, desinformación e integridad de la Información.

2. Inteligencia artificial, opinión pública y democracia digital.

3. Automatización y avances tecnológicos en el periodismo.

4. Regulación, gobernanza digital y libertad de prensa.

5. IA generativa, nuevas narrativas y contenidos.

6. Transformación en la industria periodística en el escenario digital y de la IA”. 

Es claro que los primeros cinco puntos corresponden a la aceptación del discurso liberal positivista que entiende que la tecnología es autónoma y es la que dirige las dinámicas de la sociedad de manera neutral. Se asume que existe algo como la integridad de la información, la democracia digital, o como si el periodismo fuera un asunto tecnológico, como si existiera la libertad de prensa y la gobernanza digital, o como si la narrativa y los contenidos fueran un problema tecnológico. 

Ninguno hace alusión al problema del monopolio en la propiedad de esas tecnologías y mucho menos a la relación entre centro y periferia del capitalismo y la concentración del control político y económico de dichas tecnologías en prácticamente tres países del mundo. Esto ocurre porque es lo que está permitido discutir: ¿cómo nos integramos en la Inteligencia Artificial o cómo nos ‘resistimos’ a ella? 

Sólo el último punto se ocupa realmente de la I A como medio de producción y su relación con la fuerza de trabajo. En efecto, en la economía política, la I A es parte de los medios de producción, como instrumento de trabajo, pero no es parte de la fuerza de trabajo, como lo explica Marx en el capítulo V de El Capital. La Fuerza de trabajo es humana: conocimientos, hábitos y habilidades (lógica, ética y técnica); la I A Medio de producción, es un instrumento creado por la fuerza de trabajo humana. No es lógica ni gramática, es software; no es ‘pensamiento computacional’ sino procesamiento algorítmico. No es actividad humana sino de las máquinas. Sin embargo, tampoco tocan la relación capital trabajo. La pregunta no es ¿cómo nos integramos o cómo nos ´resistimos’ a la I A?, sino ¿Cómo nos oponemos al capital en tiempos de inteligencia artificial? 

En el capitalismo, todas las tecnologías tienen el poder de ‘mejorar’ la producción, lo cual quiere decir, tienen el poder de reducir el tiempo de trabajo necesario para producir el valor de la fuerza de trabajo y amentar el tiempo de trabajo excedente del trabajador. Por tanto, tienen el poder de hacer el trabajo más productivo, o sea de producir más plusvalía. Técnicamente, aumenta el grado de explotación del trabajo. Además, por cada trabajador que use la I A, se van a despedir muchos más de los que imaginamos y se van a multiplicar las ganancias del capital, por supuesto, a costa de los que pierden su trabajo, como los 300 mil ya despedidos en la propia industria informática durante 2025 y lo que va de 2026[viii]. 

En vano buscamos las ventajas de las tecnologías en el capitalismo porque lo que cuenta es la propiedad sobre los medios de producción y la capacidad de los propietarios de apropiarse de los mayores excedentes producidos por cada nueva tecnología.



[1] En la reciente visita de Donal Trump a China fueron los magnates de la industria informática de la I A los que lo acompañaron a negociar las cuotas comerciales; no fueron los granjeros, ni los trabajadores agrícolas ni los miles de millones de usuarios de los productos informáticos de la inteligencia artificial.

[2] Frazer, James (1995). La rama dorada. Magia y religión. Bogotá, Fce, p. 34

[3] Turkle, Sherry (2025). The Second Self: Computers and the Human Spirit (Twentieth Anniversary Edition). The MIT Press.



[i] Zuckerfeld, Mariano (2017). “Capitalismo cognitivo, trabajo informacional y un poco de música.” Nómadas 28: 52-65. Bogotá: Universidad Central, abril, 2008, p. 55.

[ii] Zuckerfeld, Mariano (2017). “Capitalismo cognitivo, trabajo informacional y un poco de música.” Nómadas 28: 52-65. Bogotá: Universidad Central, abril, 2008, p. 55.

[iii] Martín-Barbero, Jesús (1991). De los medios a las mediaciones. México, G. Gilli, p. 198.

[iv] Frazer, James (1995). La rama dorada. Magia y religión. Bogotá, Fce, p. 145.

[v] Luria, Louis. “La psicología como ciencia histórica. (Acerca de la naturaleza histórica de los procesos psíquicos).” En Lev Vygotsky. La psicología en la Revolución Rusa, 159-181. Bogotá: Desde Abajo, 2018 [1980].

[vi] Rodríguez Leal, Luis Germán (2026). Artificial intelligence as a metaphor: promises, limits and misunderstandings. Paper accepted at the 2026 International Symposium on Artificial Intelligence and Societal Challenges, organized by the Institute of Information Service Science (ISS) of the University of Geneva (March 2026).

[viii] Más de 300.000 despidos en el sector tecnológico… y nos dicen que es por “eficiencia”. 2026-03-26 https://www.youtube.com/watch?v=RxpJCGoTTUE