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martes, 24 de noviembre de 2015

Una perspectiva de victimización

En noviembre 8 de 2015, la revista Semana publicó una entrevista titulada: «Colombia podría estar sufriendo de una ansiedad severa», que en su versión digital[1] se llama «Así quedó psicológicamente Colombia después del conflicto».
Se trata de una conversación con dos personalidades: Steven Pinker, canadiense, lingüista, experto en ciencias cognitivas, catalogado por la revista Time como uno de los 100 intelectuales más influyentes del mundo. Y David Barlow, psicólogo experimental, fundador del Centro de estudios de ansiedad y trastornos relacionados de la Universidad de Boston.


David Barlow

La revista no ahorra calificativos: los considera «mentes brillantes de la investigación del trauma sobre los efectos de la violencia y cómo asumir el posconflicto»; y juzga que pocas veces el país había recibido a dos psicólogos tan ilustres. Esta pequeña inconsistencia de llamarlos ‘psicólogos’ a ambos, pese a haber dicho que sólo uno de ellos lo es, se relaciona con la ponderación de la psicología frente a cuestiones como la lingüística, en la que Pinker es profesional, y frente a las llamadas “ciencias cognitivas”, frente a las cuales se lo nombra como “experto”. Ahora bien, ‘experto’ sólo es el nombre de alguien susceptible de ser contratado, no necesariamente de alguien con una posición importante en un campo de investigación o en una disciplina teórica.
Acá es importante distinguir entre, de un lado, los conceptos producidos en un campo, que, en consecuencia, tienen restricciones de aplicación; y, de otro lado, las nociones desagregadas del campo al que pertenecen, sin restricciones conceptuales o de aplicación, regidas por otros intereses. De este segundo caso, el género de una pretendida divulgación científica es un ejemplo típico, pues posiciona cosas como la «ciencia de las parejas felices», según reza el título del libro de una psicóloga norteamericana[2].


Steven Pinker

Nuestros expertos, entonces, si están a la altura de su nombre, vienen contratados y a facilitar contratos. Y, efectivamente: vinieron a Colombia invitados por la Universidad de los Andes, la cual no contrata en vano. Si le paga a dos vedettes internacionales es para obtener ganancias. Efectivamente: van a crear el Centro de salud emocional que, desde ya, anuncia «atención emocional a las víctimas del conflicto armado». Se trata, entonces, de puro marketing en el que hasta el presidente de la república trabaja gratuitamente, pues las celebridades en mención fueron a la Casa de Nariño a hablar con él. Desde ya, entonces, antes de comenzar a funcionar, el nuevo Centro de salud emocional tiene casi asegurada la contratación, pues tiene el aval del mismísimo presidente de la república... ¿alguien puede presentar una mejor recomendación? Además, la revista Semana no se queda atrás en la labor de publicitar desde ya la futura fuente de ingresos para la Universidad de los Andes; claro que, en su caso, la labor no es gratuita, pues llena páginas y cobra por la pauta publicitaria, no importa con qué llene las páginas. Ya sabemos a quién se le concederán los contratos más jugosos de esta nueva forma de inversión social —es un eufemismo, se entiende— llamada «atención emocional a las víctimas del conflicto armado».
Pero, ¿cuáles son las víctimas? Reparemos en los títulos de la entrevista: «Colombia podría estar sufriendo de una ansiedad severa» y «Así quedó psicológicamente Colombia después del conflicto». O sea, ¡toda Colombia es la víctima!, ¡toda ella está —«así quedó», dice el título— angustiada! ¡Todos somos clientes obligados del nuevo Centro de salud emocional! Y, además, vamos a tener la mejor atención, ¿acaso no vino a fundarlo uno de los 100 intelectuales más influyentes del mundo?, ¿acaso no estuvieron en la Casa de Nariño hablando con Santos?, ¿acaso no los entrevistó Semana? ¿Alguien más podría garantizar por anticipado la calidad de su “atención emocional”?
“Salud emocional” es un rubro más o menos nuevo; o sea: no se habían combinado de forma convincente esas palabras para explotarlas económicamente. Es un nuevo compañero de la “salud mental”. Atención: no crea usted que por tener buena salud mental está garantizado que tiene buena salud emocional. Usted puede no estar muy loco que digamos y, sin embargo, puede estar estresado, puede estar deprimido, puede estar traumatizado por esos sucesos inesperados de la vida. Mientras la salud mental estaba más atada a asuntos de largo alcance (supuestas predisposiciones genéticas a la esquizofrenia, por ejemplo), la salud emocional está más ligada a las contingencias de la vida.
Y ambas “saludes” comparten un imperativo: es para todos. Por eso, es Colombia-toda la que está enferma, emocionalmente hablando. Otro imperativo es: la salud emocional es enseñable. Si todo el mundo cree eso, el llamado post-conflicto es un negocio inmenso: a cada uno, independientemente de su relación con el conflicto, más allá de si vive en el campo o en la ciudad, de si es joven o antiguo, amarillo o verde... le corresponde su cuota de aprendizaje emocional. Incluso: si no para curarse, al menos para ayudar a curar... no hay escapatoria, todos somos clientes del nuevo Centro de salud emocional.
No es pertinente preguntar si alguna teoría rigurosa permite sostener tales ideas, pues no se trata de algo teórico, sino de negocios, basados en ese campo en el que se toman conceptos de aquí y de allá y se los mezcla a conveniencia, unas veces de una manera, otras veces de manera distinta, para producir la fórmula ecléctica del momento. Para el gobierno es un descanso: la complejidad de nuestra historia y de lo que aparecerá por cuenta del acuerdo de paz, ahora tiene un nombre, puede acotarse de manera aparentemente precisa; ya hay a quién darle la plata a manos llenas y mirando hacia otro lado.
Antes de oír de viva voz las respuestas (y ver si efectivamente son dos psicólogos tan ilustres que en realidad podamos afirmar que pocas veces el país ha recibido gente así), empecedmos aclarando la ambigüedad del término ‘ansiedad’. Parece ser la traducción más literal de la palabra que nuestros dos genios tienen entre manos y que también se traduce como angustia. Agreguémosle los “trastornos relacionados”, pues no olvidemos que el señor Barlow fundó, en la Universidad de Boston, el Centro de estudios de ansiedad y trastornos relacionados. Claro, pues los “trastornos” —junto con los “síndromes”— son el epítome de la inconsistencia clasificatoria de la psiquiatría actual, que ya no tiene la forma de trabajo que la caracterizó en sus orígenes, si no que se ha vuelto una práctica de recetar medicamentos, con base en decisiones de la estadística. Al punto que, con una capacitación de tres meses, se puede manejar el Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM).
Dice el artículo correspondiente en wikipedia, posiblemente redactado por alguien de la Asociación de psiquiatras de los Estados Unidos, que el Manual «contiene una clasificación de los trastornos mentales y proporciona descripciones claras de las categorías diagnósticas». Desde aquí ya vemos que no se parte de categorías, sino de amontonamientos a los que posteriormente se les dará nombres (no categorías). Y esto «con el fin de que los clínicos y los investigadores de las ciencias de la salud puedan diagnosticar, estudiar e intercambiar información y tratar los distintos trastornos mentales». Es decir, no estamos ante un campo científico, sino ante el conjunto heterogéneo formado por profesionales de la salud, lo cual sólo habla de un oficio, de un propósito —curar— que nunca ha sido objeto de una ciencia, como nos recuerda Jacques-Alain Miller, citando a Canguilhem.
«El DSM se elaboró a partir de datos empíricos —continúa el artículo— y con una metodología descriptiva, con el objetivo de mejorar la comunicación entre clínicos de variadas orientaciones». Como se ve, no se busca hacer consistir un campo teórico, sino, al contrario, de hacer caber a todos los implicados. Y eso se logra reduciendo el rigor en la definición del conjunto. Y lo de “descriptivo” se refiere a lo que la estadística haya revelado como relevante. Acá, la estadística es usada a conveniencia, no siguiendo el rigor matemático que le es propio en su campo. El artículo continúa, no sin desfachatez y corroborando lo que hemos dicho, de la siguiente manera: «Por esto, no tiene la pretensión de explicar las diversas patologías, ni de proponer líneas de tratamiento farmacológico o psicoterapéutico, como tampoco de adscribirse a una teoría o corriente específica dentro de la psicología o de la psiquiatría».
La pretensión, como la de la Universidad de los Andes, es aparentar estar por encima de las diferencias. Esto, en el campo teórico, es un exabrupto; pero, por fuera del rigor del trabajo disciplinar, parece políticamente correcto.
Entonces, nos las tendremos que ver con “síndromes” y “trastornos” que son, sencillamente la muestra fehaciente de la falta de rigor, la falta de punto de basta del furor clasificatorio. Mientras en los campos disciplinares las clasificaciones se hacen con criterios de clasificación y pretenden —en la medida de lo posible y no sin la recurrencia propia del saber que rehace sus productos cuando es necesario— crear clases excluyentes, tratar de agotar el universo, atender a la parte residual de la clasificación... acá el objetivo es multiplicar las clases en función de la cantidad de medicamentos que se produzcan. Es una ley más rígida que la de la gravedad: síndrome encontrado, trastorno formulado... implican un nuevo medicamento. No olvidemos que el “Trastorno por déficit de atención con hiperactividad” [TDAH] se atiende con Ritalina y que las ventas de este medicamento equivalen al producto interno bruto de 52 países.
Veremos, entonces, desfilar una serie de nociones que no requieren estudiar nada, sino simplemente leer prensa, ver televisión e ir al médico cuando estemos tristes. Por ejemplo, la revista dice que la violencia «acaba con la empatía de una sociedad», donde “empatía de una sociedad” es lo que a usted se le ocurra, con tal de que crea que es algo.
La revista pregunta cómo está, emocionalmente, la sociedad hoy en el planeta, como si ‘emocionalmente’ significara algo, y como si la humanidad tuviera que estar hoy de una manera distinta, desconocida para nosotros, justamente para que estos personajes nos iluminen. Pero, ¿acaso la condición humana es distinta hoy que ayer? No decimos que los acontecimientos actuales sean idénticos a los de antaño, pero sí necesitamos discriminar entre lo de orden estructural (como la condición humana misma) y lo de orden contingente (como la historicidad de nuestras instituciones, como la contingencia de los acontecimientos). Si el señor Barlow responde a la pregunta es porque se siente concernido en esa falta de claridad que constituye su campo de acción, su escena de negocios. Y, claro, ni corto ni perezoso, contesta: «La ansiedad está en aumento. Y junto a esta, la depresión y el estrés de la vida moderna están teniendo efectos nocivos en la gente». Frase de cajón, frase cotidiana... ¿o acaso no sabe todo el mundo que esta vida moderna —dicho hace cien años o dicho hoy, da lo mismo— nos produce efectos que hemos de reputar negativos? (de lo contrario, no tendría sentido la expresión todo tiempo pasado fue mejor).
Ahora bien, no por diseminada semejante creencia, vamos a considerarla explicativa de algo, en atención a que si el río suena, piedras trae. Lo que tiene de verdad —dado que es una frase trans-histórica— es que el sujeto, de un lado, siempre está un tanto extrañado en su presente (cada uno de nosotros es una excepción a la regla, dice Miller); y, de otro, siempre está presto a asignar la responsabilidad a otros.
Ya vamos juntando palabras: ansiedad, depresión, estrés... necesitamos un Centro de estudios de ansiedad y trastornos relacionados, pero, como todos no podemos ir a Boston, tenemos la opción del Centro de salud emocional de la Universidad de los Andes. Igual, en ambos casos vamos a tener a nuestra disposición las teorías conductistas más trasnochadas y la milenaria sugestión como procedimiento terapéutico... todo adobado con palabras de moda.
Ahora bien, ¿cómo logra el señor Barlow hacer ese diagnóstico que podría hacer cualquier persona? «Hablando con la gente», responde, «porque la ansiedad siempre tiene una cara». Ahora bien, hablando con la gente se pueden aprender muchas cosas, pero también le puede retornar a uno el sentido común, el que uno también ya sabe, porque el registro en el que uno habla con las personas generalmente tiene una cara... pero hay otras. De hablar con la gente es que se nutre la “investigación” que —como dice el sentido común— llena los anaqueles, o sea, que no sirve para nada. Lo importante es el dispositivo mediante el cual se habla con la gente, o sea, qué se le hace decir mediante la forma como se la interpela.
Es tan importante esto, que Freud tuvo que inventar un dispositivo inédito para “hablar con la gente”, pues lo que ya había sido inventado y que en la historia de un par de milenios habíamos usado, no servía para conocer cabalmente cómo se inserta la gente entre la otra gente, cómo se las arregla para vivir, qué lugar para sus representaciones, cómo hace para elegir sus objetos de satisfacción, cómo se satisface... Esto se ha ido entendiendo desde hace un poco más de un siglo, gracias no a “hablar con la gente”, simplemente, sino a hablar de una manera que haga posible esa dimensión subjetiva, que queda excluida en las conversaciones como las del señor Barlow, el cual continúa de la siguiente manera: «Las personas hoy se sienten incapaces de disfrutar la vida y andan preocupadas por el futuro. Esto afecta la familia, la productividad y la capacidad de disfrutar. La ansiedad se ha vuelto un problema para la comunidad».
Señor Barlow, ¿y cuándo las personas se han sentido capaces de disfrutar la vida? ¿No es eso algo que oscila a lo largo de la existencia? ¿No hay en la idea de “disfrutar la vida” muchas modalidades? ¿Acaso no disfruta la vida el alcohólico?; sí y no —habría que responder—, con lo cual se enreda todo y, entonces, tocaría definir un panorama más complejo. De otro lado, ¿cuándo las personas no han estado preocupadas por el futuro? ¿No está el tiempo atado a la condición humana? (tu materia es el tiempo, el incesante | tiempo, eres cada solitario instante, escribe Borges).
Según Barlow, como esto afecta la familia, la productividad y la capacidad de disfrutar, es un problema para la comunidad. Dicho de otra manera, lo importante es la comunidad, la productividad. Hay que hacer que la gente circule, plantea Miller, a manera de resumen de la idea de ‘salud mental’. Si la capacidad de disfrute de los sujetos se altera, no importa sino hasta que eso altera la circulación urbana. Si todo el mundo circula, no hay problema. El problema es que hay unos que, de pronto, se quedan quietos y generan embotellamiento.
Luego, la revista pregunta si hay correlación entre angustia y sociedades que han sufrido violencia. “Correlación”... acá la revista toma la pregunta de los entrevistados mismos. Se busca la asociación estadística. No se trata de si la angustia de la persona X tiene que ver —y cómo— con el hecho de haber estado involucrada de alguna manera en hechos de violencia; sino, más bien, de si los datos de ambas variables están correlacionados estadísticamente, para lo cual se necesitan muchos datos de ambas partes; es decir, de un lado, datos sobre las emociones de las personas (angustia, sobre todo): y, de otro lado, datos sobre la relación con hechos de violencia. Ahora bien, en este caso —como en casi todos en los que se usa la estadística por fuera de su campo— aparece una serie de problemas, como los siguientes:

·            Sensibilidad del software estadístico a la correlación. Según los matemáticos, a medida que aumenta la cantidad de datos, se hacen cada vez más posibles las correlaciones. En otras palabras, la búsqueda de correlaciones tiende a ser inútil, aunque para cierto tipo de uso (como el político), conserva su eficacia.
·            Principio estadístico de incertidumbre. Los datos cambian su especificidad con cada nivel de aglomeración añadido. Así, lo que se pueda afirmar del conjunto de los datos no es necesariamente válido para los subconjuntos colapsados. Así, una correlación positiva encontrada para el conjunto —ejemplo: declarar que vivir hechos de violencia está asociado a la emergencia de la angustia—, no indica que eso sea válido para algún subconjunto de datos (las personas de cierta edad, sexo, región, etc.). Incluso podría no ser válido para ningún subconjunto y, sin embargo, ser válido para la totalidad. Esa curiosidad estadística implica que, con esa herramienta matemática, no podemos acercarnos a la verdad por la vía de la desagregación, pues siempre podemos encontrar sorpresas en las correlaciones, ni por la vía de la aglomeración, pues no nos da noticia de las especificidades. Es claramente una herramienta política, siempre y cuando no se hable de sus secretos.
·            Correlación entre variables teóricamente relacionadas. La estadística busca correlaciones, sobre la suposición de que está teóricamente justificada la comparación de las variables en juego. Porque se puede buscar la correlación entre los asuntos más disímiles y a veces se la encuentra... como la correlación entre cigüeñas y nacimientos, que está estadísticamente demostrada, pero que teóricamente es injustificada. La justificación respondería a una pregunta sencilla: qué teoría permite poner esos dos asuntos en contacto. Es decir, hay que saber para tomar esa medida, y no tomarla para después tratar de saber, que es el procedimiento que toma generalmente la política.
·            Causalidad en lugar de alerta numérica. La correlación estadística simplemente niega la hipótesis de no correlación. En ningún caso estamos ante la idea de causalidad. Pero, por supuesto, la política que encarga el procedimiento estadístico no puede aseverar que lo obtenido es apenas una posibilidad, sino que afirma que se trata de necesidad. Donde las matemáticas dicen: ahí hay un punto que valdría la pena investigar con conceptos propios del campo (y no con estadísticas), la política dice esto causa aquello. Un caso muy conocido es el de la aserción “Fumar produce cáncer”.

Pues bien, a la pregunta por la correlación —que no puede ser sino estadística—, Pinker contesta en los términos previstos «el incremento de la ansiedad ha sido medido en Estados Unidos»; y habla de «la curva de ansiedad nacional». Al punto, acude el señor Barlow para corroborar lo que venimos de asegurar: «Para mí está claro que cuando una sociedad se siente amenazada por la violencia, la ansiedad aumenta». Como eso lo puede proclamar cualquiera, tal vez acá se sienta uno —lector medio— como un importante psicólogo, pues siempre ha pensado lo mismo. Y agrega Barlow: «Lo dicen los estudios». No pregunten qué tipo de estudios, pues ya están refrendados por quien habla. No importa si son del tipo de estas aplicaciones acomodaticias de la estadística, que no valen en el campo de la investigación seria. Y agrega el ejemplo de que las fobias que presenta la gente en Estados Unidos, en realidad son ansiedad. No dijo qué era ‘fobia’, ni cómo se había hecho semejante diagnóstico, sino que en realidad aquello era ansiedad... ¡pero tampoco dice qué es ‘ansiedad’, ni cómo se hace el diagnóstico respectivo! Es como cambiar una marca por otra. Es una cuestión de marketing. Hoy se vende más si usamos la palabra ‘ansiedad’, que si usamos la palabra ‘fobia’, un tanto demodé.
Y, gracias a una pregunta de la revista, el señor Barlow hace una comparación con Colombia, autorizado en que llevaba varios días aquí. Olvida una respuesta anterior, dada por él mismo, según la cual se diagnostica hablando con la gente; aquí su respuesta no respeta su propio principio terapéutico y se lanza a elucubrar: «Colombia ha sufrido algo parecido. Acá la gente se ha sentido y quizá todavía se siente amenazada por la violencia. Y esa violencia ha sido impredecible. En otras palabras, no se sabe cuándo, ni dónde va a darse, y a veces tampoco se sabe quién será el perpetrador. Esa es la fórmula perfecta para una ansiedad severa en una sociedad». De nuevo, lo que cualquiera podría decir, lo que dicen los periodistas día a día sobre la guerra no-convencional (o no-regular)... pero dicho por un experto, que cobra cien veces más.
El presidente, que no cobra por hacerle propaganda a la nueva institución receptora de dineros para el post-conflicto, se mostró interesado, según revela el señor Pinker «en un sinnúmero de cosas y muy comprometido con el proceso de paz». Eso se llama: Tú me ayudas, yo te ayudo. Como parte de ese sinnúmero de cosas, el presidente quería saber de ellos «qué tipo de procedimientos podrían aplicarse en el país para comenzar a curar emocionalmente a una sociedad devastada por más de 50 años de guerra». No sabemos si lo dijo el presidente, pero lo puede haber dicho cualquiera... Ahora bien, el mandatario habría pedido procedimientos; habría hablado de curar emocionalmente; y tendría identificado el objeto: una sociedad devastada por la guerra. O sea: como si fuera un experto más, es decir, como si tuviera sentido común. No obstante, como venimos diciendo:

·            Se habla de un paciente colectivo; mientras más colectivo, mejor, para hacerle un solo contrato al nuevo centro de viejos tratamientos.
·            A ese paciente colectivo, aplicar un procedimiento. O sea, el asunto es instrumental; nada que concierna a una historia social, política, cultural, subjetiva... sino un instrumento que arregla la pequeña parte dañada. No se considera la posibilidad de algo estructural: a lo que ya tenemos, agregar la aplicación del buen instrumento.
·            Y el resultado es una cura emocional. También está identificado el punto al cual debe aplicarse el buen instrumento. Y, casualmente, el punto ya tiene un nombre que presupone los dos pasos anteriores. Y lo que ha de producirse en ese punto del cual sólo sabemos que no nos suena como un concepto difícil de entender, pues es una palabra del buen sentido común: una cura. Aquello que aqueja, desaparecerá. No se trata de una condición que sigue ahí y que puede ser tramitada de otra manera... sino de una ruedecilla que se arregla y todo vuelve a estar bien, como en los sueños de la política de salud emocional, pues aquello de la «empatía de una sociedad», como dice la revista, no es más que una manera de evadir la pregunta de cómo es posible que hagamos lazo social.

Parte de esas idealizaciones es expuesta por el señor Barlow en una de sus respuestas: «Las emociones suelen ser algo bueno pues nos ayudan a vivir». Bastante soso. No obstante, si las emociones siempre produjeran eso, los expertos en mención habrían tenido que dedicarse a algo decente, por lo tanto, a continuación viene la adversativa: «Pero bajo condiciones como las que ustedes vivieron, las emociones se salieron de control. Los efectos pueden ser perjudiciales, pueden incluso transformar el funcionamiento del cerebro». ¡Horror! Desde los ideales sosos hasta el cerebro, sin escalas. En un negocio en el que no hay que entender ni explicar, sino saber vender su producto, hecho de palabras no inofensivas, no hay necesidad de explicar ese triple salto mortal. Pero como la revista le preguntara cómo, el experto contesta: «Haciendo que el ser humano pierda la capacidad de empatizar». O sea, las emociones han de estar bajo control... no sabemos qué es eso, de dónde viene el imperativo de control, ni cómo es posible lograrlo, ni cómo las emociones se salen de ese redil; además, que aquello no vaya como debe ser, es perjudicial, al punto que ¡puede transformar el funcionamiento del cerebro!... no sabemos en qué sentido son perjudiciales, y menos aún cómo eso puede transformar el cerebro... ¿cómo está hecho el cerebro para dejarse dañar por una salida del redil de las emociones? Finalmente, importa poco si, a la larga, lo que está en juego es el cerebro. Por favor, señores expertos, ayúdennos, no vaya a ser que más que un tratamiento de terapia cognitivo comportamental, nos toque sufrir una lobotomía. Pero volvamos al punto: ¿cómo se puede afectar el cerebro? ¡Perdiendo la capacidad de empatizar! Ah... empatizar es una función del cerebro. Pero claro, personas que nada saben de neurología posan de expertos si dicen que el cerebro es el que decide, que el cerebro es el que ama, que el cerebro es el autor de la ficción llamada “yo”, etc.
Un ejemplo: ante la evidencia de los riesgos del cambio climático, aparece la pregunta de por qué los gobiernos no actúan de acuerdo con la magnitud del problema. Pues bien, según Daniel Gilbert (profesor de psicología de la Universidad de Harvard), la respuesta está «en el cableado del cerebro humano. El experto señala que la mente no está diseñada para reconocer amenazas sin rostro y verlas como un enemigo concreto»[3]. Ahí tenemos a los psicólogos parloteando sobre lo que no saben, pero de una manera que todos reconocemos y que, por lo tanto, nos parece evidente, natural.
El señor Pinker no se podía quedar atrás con las cifras: Colombia es un país inusual, pues «tiene tasas de violencia mucho más altas de lo que uno esperaría si mira el nivel de desarrollo». Otra vez las correlaciones. No importa la historia: si tienes el nivel de desarrollo X, te corresponde una tasa de violencia Y; si es mayor, debes esforzarte en reducirla; si es menor, sal a matar a unos cuantos.
Finalmente, veamos algún detalle poco detallado del tratamiento, de la clínica que estos sabios pregonan. La revista pregunta cuál es el tratamiento correcto, no para las personas, sino para los traumas que dejan hechos como haber visto masacres, haber presenciado la violación o el asesinato de los suyos. La respuesta de Barlow brilla por su sabiduría: «Cuando alguien ha estado expuesto a la violencia extrema, el impacto emocional es fuerte». Brilla por su sabiduría... popular. Pero, claro, esto no es irreversible, porque entonces no habría lugar para nuestros expertos: «Por fortuna —dice—, desde la psicología en años recientes hemos desarrollado procedimientos para tratar esas emociones intensas, comúnmente acompañadas de sentimientos de amenaza, culpa y vergüenza». ¿Qué hacen, concretamente?, pregunta la revista con verdadera curiosidad. Y Barlow responde: «La gente que tiene esos traumas tiende a querer evadir cualquier emoción, incluso las buenas. Así, pierde la capacidad de manejar sus emociones. Entonces, lo primero es ayudarles a volver a aceptarlas. Luego miramos lo que piensan cuando sienten emociones: las ideas que surgen, las atribuciones que hacen. Y lo típico es que al principio todo lo que piensan es negativo. La meta es enseñarles a volver a vivir con sus sentimientos y a ver el mundo con nuevos ojos».
Lo dicho: nada nuevo tenían en la valija estos marchantes. La vieja sugestión, basada en ideales sacados de la manga. Hay buenas y malas emociones... o sea, drama de telenovela. El tema con las emociones es de saber o no saber manejarlas... lo que, por supuesto, le abre la puerta al que sabe más, al experto; así, todo se reduce a enseñar las competencias emocionales, o a desarrollar la inteligencia emocional. Y la acción se concreta en ayudar a volver a aceptar las emociones... o sea, los sujetos que deben someterse a esta terapia son brutos y tercos, pero, además, ingenuos y dóciles. Se creen las tonterías de los terapeutas y se dejan gobernar por ellos. Pero, ¿no es muy deleble un trabajo hecho sobre semejante materia tan débil? ¿No podría venir otro experto y convencernos de lo contrario? ¿Qué lo impediría, según estos fundamentos? La meta, según dicen, es enseñar a volver a vivir con sus sentimientos y a ver el mundo con nuevos ojos... O sea, que sólo tenemos sentimientos y una debilidad que hace que los juzguemos mal en ocasiones como la de la violencia; cuando, gracias a esa debilidad nos sugestionan para creer en idealizaciones, entonces vemos el mundo con otros ojos, sí: los del terapeuta, es decir, los del sentido común.



[1]       http://www.semana.com/nacion/articulo/colombia-podria-estar-sufriendo-de-una-ansiedad-severa-despues-del-conflicto/449026-3
[2]       Revista Semana, noviembre 1 de 2015.
[3]       «¡Peor que el terrorismo!» Revista Semana # 1751, 2015-11-22. Pág. 84.

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