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viernes, 4 de septiembre de 2015

Educación virtual... ¿estafa real?

Lo virtual es una de las nociones más manoseadas últimamente en todos los ambientes de discusión, tanto académica como mediática, económica o política. Se lo equipara con lo inmaterial, lo posible, lo potencial, lo ficcional. Se opone a lo real, a lo efectivo, a lo material, a lo actual. El equivalente menos afortunado ha sido el que considera lo virtual como irreal y, por tanto, engañoso. Sin embargo, este adquiere su sentido literal cuando se trata de la llamada educación virtual.

Se presenta, por parte de un negociante de la educación superior[1], cuyo nombre desde luego no aparece siquiera en el registro del CvLac de Colciencias, el paso a lo que él llama la educación virtual como una gran innovación que supera la educación presencial e incluso la educación a distancia.

El título con que se presenta en el medio es ya un síntoma de la manera en que se tratará el tema: “Habrá un tsunami académico”. La definición de tsunami, según la RAE, es la siguiente: “Ola gigantesca producida por un maremoto o una erupción volcánica en el fondo del mar”[2]. Ello ameritaría por lo menos encerrar la palabra entre comillas para significar su uso figurativo. Pero la característica del texto mediático es precisamente mostrar, no demostrar. De ahí que se prefiera el uso de expresiones metafóricas, en vez de conceptuales, para definir los fenómenos.

¿Cuál es, según la lógica de la entrevista, el tsunami? Nada más y nada menos que la educación virtual. Pero cuando se le pregunta sobre el origen de esta, dice que “surge como una forma de expresión de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación”, o sea que estas vienen a ser el maremoto o algo por el estilo. Según esto, la educación virtual no es una necesidad de la educación sino una necesidad de las tecnologías; pero hasta donde alcanzamos a entender, las tecnologías no tienen necesidades, ni deseos, ni toman la decisión de producirse y reproducirse. Eso lo hacen los empresarios, los ingenieros, etc. En consecuencia, la educación virtual es una necesidad inconfesable del capital y desde luego de funcionarios y periodistas de todos los niveles fletados por las empresas de tecnología para venderla como necesidad.

Pero no solo es una ‘necesidad’ del capital vinculado a la informática y a los medios de comunicación, sino de los empresarios vinculados a la venta de títulos de educación superior. Y aquí entra nuestro personaje: su argumento es la democratización, pues presenta números como los siguientes: “anualmente están egresando de los colegios cerca de 800 mil [estudiantes], de esos no más de 200 mil ingresan a la educación superior y sólo la mitad se gradúan […] La pregunta es qué hacer con el resto”. Y la respuesta es que como no se los puede atender presencialmente es necesaria la educación virtual, pues, según él, “no es lo mismo tener sillas para 30 estudiantes que una asignatura para 500 personas”. Lo que no dice es que eso representa para su negocio ingresos 16 veces superiores y gastos supuestamente iguales. Para los estudiantes, el resultado es peor, pues la deserción alcanza el 70 por ciento y crece más rápido que en la educación presencial[3].

Esta pretensión se adorna con una metáfora impactante que para él debe ser ingeniosa y que el texto mediático resalta con una ventana: “el reto de la educación virtual en el país es alinear estudiantes del siglo XXI con profesores del siglo XX e instituciones del siglo XIX”, lo cual es difícil de compatibilizar. La conclusión es fácil: para quedarse con los estudiantes del siglo XXI, que son los que pagan, lo mejor es prescindir de los profesores del siglo XX, que son los que cobran, y cambiarlos por diseñadores de power point y ‘gestores’ del conocimiento, o sea administradores y burócratas, que son más eficientes. ¿Para qué? Pues para que sustituyan a las instituciones del siglo XIX, que poco a poco dejan de existir, y las remplacen por empresas capitalistas del siglo XXI, vendedoras de títulos.

Cómo toda expresión figurativa, la cronología es impactante, pero no siempre cierta. Lo que está en juego no es si los estudiantes y los profesores son o no son de tal o cual época o si la institución es la del siglo xix o la del Renacimiento. En realidad, la institución es del siglo xiii. ¿Acaso se ha preguntado por qué subsiste tal institución?

Todo lo mencionado por el personaje de marras tiene que ver con asuntos extra-académicos, es decir, sujetos, instituciones, tecnologías y sobre todo negocios. Pero la academia es sobre todo una cultura, una forma de codificar el saber. El problema es la academia como cultura y esta existe desde por lo menos el siglo iii antes de Cristo, gracias a Aristóteles, pero la forma en que está codificada esa cultura como tradición alfabética es incluso anterior. O sea, antes de que existieran el español y el inglés y aun antes del latín, ya existe la cultura académica. Entonces el asunto no es cronológico sino estructural. Se trata de saber que tanto se ha apropiado el habitus académico y científico y, por tanto, cómo se ha desarrollado en Colombia tal cultura, cómo la han adquirido, ahí sí, los sujetos.

¿Acaso se ha preguntado el personaje por qué estudiar y aprender una lengua como el inglés, que fue formalizada en los siglos xv y xvi? ¿Qué hace que siga siendo inglés a pesar de los 500 años transcurridos desde entonces? Lo que hace que siga siendo inglés es la gramática como estructura formal, que permite crear las palabras y dar forma a los conocimientos nuevos, lo que permite que se actualice el diccionario con el paso del tiempo. Así mismo, la educación superior tiene que ver con la adquisición de las gramáticas de las disciplinas, lo que permite ser competente no sólo en su aprendizaje, conservación y transmisión (profesionalización) sino en su innovación (investigación).

Ese aprendizaje es el que se les niega cada vez más a quienes se les vende un título sin necesidad de estudiar, para que crean que se democratiza la educación superior. Pero sobre todo, se les niega dicha posibilidad porque, a diferencia de la cultura cotidiana, técnica, mediática, etc., esta cultura académica tiene que ser enseñada. Así que necesita los profesores.

Pero, por otro lado, no se crea que quienes se esfuerzan en estudiar y aprender la cultura académica, en aprender el habitus investigativo y tienen capacidades para ello, van a tener acceso a las posiciones de poder. Este no depende del conocimiento sino de la estructura social, pues no van a llegar a ser ministros quienes más sepan sino quienes defienden los intereses de los que ya tienen el poder. Para los egresados de la universidad de los Andes que llegan a los ministerios, esto no es un punto de llegada, supuestamente por los méritos, sino un punto de partida. Ya están predestinados a ser ministros antes de entrar a los Andes. Es una herencia, no una adquisición. Ser pilo paga, sí, pero para quienes antes ya han podido pagar.

O sea que si antes teníamos condiciones de partida desiguales en la familia y en la situación social, las cuales se podía aspirar a revertir individualmente, por lo menos en la narrativa liberal, mediante una formación superior más o menos correspondiente a los cánones profesionales, ahora las condiciones desiguales en vez de revertirse se refuerzan con una educación superior ficticia, virtual, para los marginados social, económica y geográficamente, muchas veces pagada por el Estado (las familias adineradas no suelen pagar universidades de garaje) y que entrega títulos basura.

Si antes la condición social no permitía el acceso a posiciones de poder aunque fuera con los mismos méritos académicos, ahora la exclusión de dichas posiciones se reforzará argumentando la incapacidad y la mala calidad de la formación profesional. ¿No está esta garantizada de antemano? “Ya son 287 instituciones de educación superior las que se están moviendo hacia el lado virtual”, dice el invitado de El Espectador, convencido tal vez desde su ignorancia de que eso es una ‘innovación’. O sea que con ello estamos asistiendo no sólo a la reproducción simple de la estructura social en la educación superior sino a la reproducción ampliada de la misma; como se sabe, en la metáfora de El Capital, esta última siempre favorece la redistribución del valor en favor del Capital.


[1] Fernando Laverde, rector de la Fundación Universitaria del Área Andina. El Espectador, agosto 31 de 2015, p. 40.
[2] RAE 23ª edición
[3] Hederich, Christian (2015) “Las expectativas frustradas de la educación virtual: ¿Cuestión de estilo cognitivo?” En Camargo, A. Educación y tecnologías de la información y la comunicación. Bogotá, Fondo Editorial UPN, pp. 20-21.


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