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sábado, 1 de junio de 2013

¿Otro que muerde la carnada?

José Joaquín Brunner
El diario El Espectador reportó recientemente (mayo 15 de 2013) «El fracaso de la educación pública en América Latina». Se trata de una charla con el chileno José Joaquín Brunner Ried [1], de quien se dice en el pie de foto que es «una autoridad mundial en educación y en investigación en este campo». Pero no basta con este criterio de autoridad —literalmente—, sino que se lo refuerza, planteando que el sociólogo fue ministro de Estado de Chile. Y no es que no sea reconocido en el difuso “campo educativo” —donde caben desde los vigilantes de los colegios hasta los ministros de educación—, sino que el reconocimiento no es un criterio a favor de lo que alguien dice. Incluso vemos que —al menos en Colombia— cierto reconocimiento se gana gracias a decir, con tono académico, lo que los impulsadores de la política educativa quieren oír. Pues bien, el diario aplica un calificativo consecuente con esta vía de reconocimiento: «Brunner es una especie de celebridad mundial en el sector educativo». Fiel a lo que la prensa busca, ya lo tenemos al lado de otras celebridades como Shakira, que se pasó las piernas detrás de la cabeza sin ningún esfuerzo, o como Falcao, que fue vendido al Nápoles por cerca de 45 millones de euros. Celebridades. Y no hablamos de las piruetas de Shakira por hacer listas caóticas —género relevado por Borges—, sino para poder introducir la siguiente observación que se hace de Brunner en el reportaje: «Cada paso del chileno es cuidado por dos mujeres que “le hablan al oído”. Se preocupan porque tenga su café en la mesa a tiempo, y porque por lo menos coma fruta y queso al desayuno». Queso y fruta al desayuno… quizá esto tenga algún secreto educativo que es necesario descifrar.

Y su paso por Colombia fue también para recrear esta imagen de acontecimiento social (no investigativo, digamos de paso): estaba invitado por la Universidad del Rosario para celebrar el día del profesor con una conferencia ante “decenas de profesores” (las cifras, recordémoslo, así sean imprecisas, deben adobar el contexto social). Y, según el periódico (que quede claro: no nos referimos a Brunner, sino al personaje de la mini-telenovela creada por el periódico), nuestro autor habló «Sobre la brecha insuperable que existe hoy entre los viejos y los más jóvenes, porque los primeros defienden una metodología que “va a desaparecer” arrasada por el mundo digital». Acá no hay posturas, acá no han concepción sobre la educación… acá lo que vemos es el arrasador e indiscutible progreso del “mundo digital”, frente al cual se constituye un drama: los tontos que no ven, y no es raro que sean los viejos, pues ser viejo ahora es carecer de un valor; y los que sí se dieron cuenta de que hay que plegarse a esa corriente avasallante para sobrevivir, y no es raro que sean los jóvenes —buenos per se—, a quienes se les asigna la densidad cero de dejarse arrastrar por la corriente, independientemente de hacia dónde los lleve. Todo un drama.

Y se narra como tal: «Se paró frente a decenas de académicos para contarles que en Colombia sólo el 4,8% de los maestros contaba con un doctorado para 2010 y que entre 2005 y 2010 la planta de maestros universitarios creció solo en 4.672 docentes, al pasar de 97.880 a 102.552». Si eso se dijera, simplemente, no habría narrativa; es necesario que  el personaje se pare frente a decenas de académicos para contarles (sobre unos datos a los que nadie más parece tener acceso). Si lo mismo se dijera sentado, tal vez otra sería la historia. ¡Pero lo dijo —o, mejor: lo contó— parado!... ¡alguien cuyos pasos tienen que ser escoltados por dos mujeres!

Luego de la charla, fue entrevistado por El Espectador. El periodista le dice: «Sus teorías llevan a pensar que el postulado “pueblo pobre, pueblo mal educado” es nuestra irremediable realidad». Y Brunner responde:

«Los niños de hogares de menores ingresos están recibiendo una educación realmente deficitaria. Lo más grave es que las competencias más importantes para aprender autónomamente a lo largo de la vida están siendo mal formadas en esta etapa. La comprensión lectora y el manejo numérico y de razonamiento, que es lo que el colegio debería estar formando en el plano cognitivo, son muy débiles».

Ahora ya sabemos por qué es una celebridad: ¡porque repite lo que dicen los medios de comunicación! No se necesita ser un investigador (aunque Brunner innegablemente lo es) para articular ese discurso. Se puede buscar esa misma respuesta —palabras más, palabras menos— en noticias periodísticas sobre los resultados de las evaluaciones masivas [haga click aquí para ver la reflexión que se hace al respecto en nuestra anterior entrega]. ¿No es acaso evidente que los niños de hogares de menores ingresos (eufemismo por pobres) reciben una educación deficitaria? ¿No es eso parte de lo que constituye la pobreza? Los niños “de hogares de mayores ingresos” no reciben la educación que brinda el Estado, sino que compran la educación que juzgan adecuada a su nivel económico y cultural. Y para completar, el reporte de evidencias que cualquiera puede recoger está adornado con las palabras de moda en la política educativa: “las competencias más importantes para aprender autónomamente a lo largo de la vida están siendo mal formadas en esta etapa”. Las competencias… Ahora resulta que la educación para pobres es deficitaria porque no “forma” las competencias; antes era porque no daba los conocimientos necesarios… igual: deficitaria. Lo curioso es que se espera un aprendizaje autónomo “a lo largo de la vida”… salvo en este período. Qué raro: las personas devienen autónomas sólo cuando la educación les forma las competencias mediante las cuales la educación se libera de su responsabilidad, pues con semejante herramienta de ahí en adelante, por toda la vida, los sujetos aprenderán autónomamente. Y la prueba de estas verdades de Perogrullo está en las estadísticas, en las evaluaciones masivas, que son las que permiten hacer afirmaciones como aquella con la cual se cierra la primera respuesta del entrevistado: la lectura y las matemáticas son muy débiles (léase: tienen bajos puntajes). Cosa que sabe cualquiera, sin haber sido ministro de Estado y sin leer resultados de pruebas masivas.

El periodista, que va a la zaga de las respuestas, pregunta: «¿El que está fallando entonces es el Estado, que tiene en sus manos la educación básica de las poblaciones más vulnerables?». Blanco es, gallina lo pone. Y el entrevistado le agrega vistosidad a la respuesta afirmativa: pero es un fracaso de todos los Estados de América Latina, a lo largo del siglo XX, independientemente de su color. Y si todos los Estados “fracasan”, ¿no será que se trata de un logro, si entendemos de otra manera su función? ¿O es que la educación se sustrae a las funciones que el Estado efectivamente cumple (no a las que supuestamente está llamado a cumplir)? Viene un dato histórico: los países europeos sí lo hicieron bien… no se dice qué interés habría en esa posibilidad (que por ahora pondremos en remojo) sino que ese contraste supuestamente explica que el Estado está por encima de las clases: “una educación de alta e igual calidad para todos, independientemente de si eran hijos de obreros o de empresarios”. No es una teoría del Estado, como la que afirma que se trata de una herramienta para hacer existir la desigualdad, sino una propaganda desde el Estado ideal que ahora, entre todos, podemos construir para América Latina… ahora que las estadísticas nos hicieron ver la luz.

Conocedor de lo local, pero indiferente a lo que le están diciendo, el periodista pregunta si es una salida la propuesta de la Secretaría Distrital de Educación: que las universidades públicas tengan unos cupos obligatorios para los estudiantes que vienen de colegios públicos. Brunner hablaba de la formación básica y el periodista lo interroga por la formación universitaria (la cual, si hemos de hacer caso a la celebridad, es un período donde ya los muchachos tendrían que estar aprendiendo autónomamente). Pero el entrevistado muerde la carnada (o quizá no quiere hacer quedar mal al periodista… aunque, como ya había dicho que el nivel de comprensión en nuestros países es bajo, no sería un asunto de ese periodista… en fin) y responde que la medida aludida ayuda, pero que, además, hay que “organizar su pedagogía para ayudarles a estos alumnos […] tienen que tener clases especiales y compensatorias, tutores individuales”. ¡Una educación compensatoria! ¡Qué claridad! ¡Qué caridad! La diferencia social, en la que el Estado y la educación nada tendrían que ver, produce un déficit cognitivo compensable por la pedagogía. Que no digan después los pobres que no se ocupan de ellos.

Con todo, no se sabe quién está en capacidad de hacer tales ajustes pedagógicos que corrigen lo social, pues, según argumenta el periodista ante nuestro personaje (parece que tomó notas durante la conmemoración), él habría afirmado «que los profesores no saben cuáles son las formas de aprendizaje para los jóvenes entre los 18 y los 25 años, que no saben cómo aprenden sus mentes». Responde que es necesario enseñarles a los profesores universitarios “el arte de enseñar la profesión”, tal como se hace con los de básica. ¡Volvimos a la idea de que la docencia es un arte! Está bien, mientras no se trate de “arte moderno”, como creemos, pues Brunner afirma que “Estamos aprendiendo a enseñarles a nuestros profesores a enseñar”. Sólo nos queda una duda: ¿quién está en capacidad de enseñar eso, si los candidatos a hacerlo fueron producto de una educación en la que eso faltaba? Y si se puede, pese a todo, aprender algo por fuera de los planes (por ejemplo: que no conocemos cómo aprenden las mentes de los jóvenes), pues toda la argumentación se viene abajo, pues presupone un sujeto distinto al que ha venido configurando.

Pregunta el periodista si ha decaído el estatus o el valor de la profesión de educador. Y nuestro personaje responde que no se trata de caída, sino de diferencia. Pero explica la diferencia en una escala vertical (o sea, se contradice): los maestros de antes eran “genios absolutos”, hoy se doctoran a los 35 años. Los de hoy fueron a Europa y a Estados Unidos, mientras que los de antes no salieron; los viejos no escribieron para una revista internacional; antaño, la disciplina era menos dinámica y menos poblada de conocimiento, hoy el conocimiento no se detiene. Uno por uno, estos “argumentos” son superficiales y falaces, aunque estén aludiendo (o eludiendo) a asuntos interesantes: a) lo de que ya no hay genios, le sigue el juego a la supuesta licuefacción (Z. Bauman) del saber y de la autoridad (no decimos de la impostura y del autoritarismo, que bien tienen merecido todo el palo que se les dé), que sólo conduce a la superficialidad y la grosería. b) Por supuesto que salir es una gran cosa, pero entonces Kant, que no se movió durante toda su vida, ¿es por ello un mal filósofo?, ¿y por haber ido a Alemania es buen filósofo un joven de 35? c) publicar en una revista internacional, a sabiendas de que se trata de la cienciometría y de la lógica propia del campo intelectual que denunciara Bourdieu, ¿es de por sí algo mejor que lo de antaño? d) Y la idea de que antes la disciplina era menos dinámica es una afirmación epistemológicamente insostenible… ¿cuándo se ha detenido conocimiento?, ¿es una idea aplicable al conocimiento?

En esa misma dirección de valorar lo nuevo, de presuponer un desarrollo, de auntentificar, sin más, lo que ocurre con los “nuevos lenguajes” y con la “era digital”, se da la última respuesta, según la cual, estamos ante otra cultura, ante otros valores. Por efecto de cambios cuya especificidad no se establece (¿hasta dónde son estructurales?), sino que se exalta su fuerza arrolladora (no importa hacia dónde empuje), se señala que cierta forma de ejercer la profesión queda conceptual, tecnológica y culturalmente “superada”. El mismo criterio con el que se propagandea la impresora que saca dos páginas más por minuto que el modelo anterior. El asunto del saber, que tiene que ver con la inteligibilidad (y sabemos el rol que ahí tiene el texto, en soporte digital o de papel), ahora se reduce a los asuntos de la sensibilidad (y sabemos el rol que ahí tiene la imagen).

[1] http://www.elespectador.com/noticias/actualidad/vivir/articulo-422239-el-fracaso-de-educacion-publica-america-latina

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