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sábado, 14 de enero de 2012

¿Urge un cambio en educación?

La revista Dinero No. 346, de marzo de 2010, anuncia en su portada: «Educación, urge un cambio». La foto de rigor corresponde al entrevistado: Orlando Ayala, Vicepresidente senior de mercados emergentes de Microsoft: http://www.dinero.com/wf_LstComentariosArticulo.aspx?IdRef=70114&IdTab=1



1. El personaje: the profile

La foto muestra a un hombre bien afeitado y peluqueado, con traje impecable. Su actitud reflexiva apenas difiere de la postura beatífica de manos en posición de plegaria y vista al cielo, ya que la mirada ha descendido. Hoy, meditar no es mirar a Dios, sino a su obra y, de todas maneras, seguirse encomendando al más allá donde apuntan los ojos de Ayala… ¿tal vez hacia el futuro? Y no hace mayor diferencia si la foto es espontánea o si es una pose. Estamos en la época de la razón cínica (1).

Muchos se preguntarán qué hace el vicepresidente senior de mercados emergentes de Microsoft hablando de educación y por qué no entrevistan más bien a un funcionario del despacho ministerial, a un investigador en el tema, a un profesional del área o, incluso, a un padre de familia. Pero, ¿es justo ese reclamo de una “propiedad” sobre el campo educativo?, ¿tiene dueño la educación?

La educación formal —a la que se refiere Ayala— tiene el dueño que se la apropie, tiene el sentido dado por la correlación de fuerzas que se disputan su interpretación, que disputan por establecer qué debería circular allí, cómo correspondería agenciarse, con qué propósitos, etc. La educación no depende meramente de los objetivos que le asigne una ley, el Ministerio de Educación o las entidades educativas; si así fuera, no sería objeto permanente de queja. Depende más bien de la pugna que hay a su alrededor, de los discursos que ganan autorización para pronunciarse en su nombre. Entonces, estamos ante la evidencia, con foto y todo, de que el discurso encarnado por Ayala ha ganado esa posición… si no fuera así, él mismo se habría negado a hablar del tema, habría declarado no estar capacitado para ello.

Esto pasa todo el tiempo: ¿a quién se le ocurría, hace un par de décadas, medir los resultados de la educación?; los discursos reinantes consideraban su especificidad de una manera que la hacía casi inalcanzable por la medida… sin embargo, hoy no se concibe la educación sin mediciones. ¿A quién se le ocurriría, hace un par de décadas, definir el presupuesto del sector estableciendo “factores asociados a la calidad”?; era evidente que, en atención a la particularidad de la escuela, el gobierno ponía —con voluntad política— los insumos que la definen: ¿no estaba claro que las escuelas necesitaban libros y los maestros capacitación, más allá de las estadísticas?... sin embargo, hoy la banca multilateral no asigna préstamos para educación que no cumplan ese requisito, hoy no se la concibe sin el discurso de la economía.

La escuela ha sido objeto de explicaciones psicológicas, sociológicas, lingüísticas, políticas, económicas, de gestión administrativa y, ahora, de tecnologías de la información y la comunicación. Ante esto, cierta tendencia investigativa denuncia que tales discursos son foráneos, extraños a su especificidad, y que es la hora —aunque vienen diciéndolo hace años— de que un discurso propiamente pedagógico se apropie de lo que es suyo. Pero tal vez la política no espere a que se establezca lo que es la escuela-en-sí y que, en consecuencia, sólo los predicadores de ese credo estén autorizados para hablar del tema. A pesar de que no pocas cosas se juegan en la educación, la única legitimidad en ese campo es la de ser capaz de imponer una manera de describirla. Por supuesto, el camino que conduce a esa posibilidad no es el de las reglas claras, el de los comienzos desde el mismo punto de partida, el de la igualdad de posibilidades. Estamos en una sociedad “estratificada”, para decirlo en términos del recibo de servicios públicos; en una sociedad a la que el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial imponen una política que no obstante se llama “consenso” (de Washington).

De manera que todos pueden hablar de la escuela. Primero, porque no tiene dueño y, segundo, porque todos están marcados por ella, desde el nacimiento hasta el fin: lo que la familia hace con un niño está marcado por la existencia de esa institución, tanto en las formas de crianza como en el hecho de que los criadores han pasado por ahí; y, de otro lado, nos convencieron de las bondades de andar diciendo que se aprende de manera permanente, lo cual resulta muy útil a la hora de reconsiderar la estabilidad laboral, la cual estaría en contradicción con la falibilidad de los aprendizajes, toda vez que la época dictaminó que se desactualizan a la velocidad que vencen los productos lácteos.

Entonces, Ayala puede hablar de educación con igual “derecho” que un profesor o un investigador del área: ¿acaso no ha pasado él mismo por la escuela?, ¿no está su posición de “ejecutivo que ha logrado una carrera exitosa” —como dice la revista Dinero— legitimada a la hora de hablar de educación? Lo prueban la entrevista, la portada de la revista y el hecho de que no se haya negado a hablar. Por eso, no importa si afirma cosas sabidas, si dice fruslerías, si se contradice… lo que ahora importa es que quien responde las preguntas “ha logrado una carrera exitosa en el entorno corporativo internacional”. O sea, él mismo es la prueba de sus argumentos: “su desempeño en las áreas de mercadeo y ventas le permitieron llegar a la cúpula de las decisiones en Microsoft, cerca de Bill Gates y Steve Ballmer, los máximos dirigentes de la empresa”. Y, ¿quién no quisiera estar cerca de Gates y Ballmer? ¡Soñamos con una sociedad de negociantes exitosos!, sin pensadores, artistas ni filósofos.

Está dicho: si Colombia sigue las consignas de las áreas de mercadeo y ventas, algún día sus estudiantes estarán cerca de Bill Gates. Por supuesto que los cientos de estudiantes que compartieron pupitre con Ayala, desde la primaria hasta la universidad, no tienen ese privilegio; algunos de ellos pueden estar engrosando el sector de la banca (la banca del parque, los desempleados), si entraron en franca lid a disputarse los puestos en el mercado; y otros pueden tener cargos importantes, incluso similares a los de este colombiano afortunado, si obtuvieron su puesto a la manera como los distribuye la cruda realidad económico-política, es decir, sin mucha relación con los estudios (aunque unos títulos sean necesarios para llenar ciertas casillas de los requisitos del empleo, sin que las “competencias” concomitantes sean un requerimiento funcional del cargo [2]).

Ahora bien, ¿cómo lo logró Ayala, si él no se formó en una educación como la que recomienda?, ¿cómo consiguió estar al lado de Bill Gates si se formó en un régimen educativo que merece —según él mismo— transformarse completamente, toda vez que acusa un atraso de 500 años? No podemos saberlo; quizá se trate de un talento natural, capaz de sobreponerse a tanta torpeza… talento que no debemos esperar en otros y por eso tenemos que cambiar la educación, para favorecer a los que no son como él. Pero cuando hagamos esas transformaciones según sus dictámenes, ¿habrá lugar para todos los colombianos al lado de Bill Gates? Si así fuera, ¿quién limpiaría, mientras el semáforo cambia a verde, el parabrisas del carro en el que se desplaza Ayala cuando visita el país?, ¿quién pondría manjares en su mesa?, ¿quién le dejaría las uñas tal como lucen en la foto?, ¿por quién podría sentir una lástima sincera?


2. El diagnóstico

Desde la portada, se hace un “duro diagnóstico”, como reconoce la revista: “Las nuevas generaciones viven en un mundo digital, son visuales y se aburren en clase. Colombia debe modernizar su propuesta pedagógica para enfrentar esta realidad o se atrasará en la competencia global”.

¡Cuántas cosas hay en esa precisa diapositiva que hace Ayala!: 1. La vieja idea de las “nuevas generaciones”; 2. La afrenta del “mundo digital”; 3. La primicia de que los estudiantes se aburren en clase; 4. El tono que lo autoriza a decir que Colombia debe hacer ciertas cosas; 5. La necesidad de “modernizar” nuestra propuesta pedagógica; 6. Que de esa manera se enfrenta el problema; 7. Que la “competencia global” es el horizonte de ese enfrentamiento.

Si de algo no podemos quejarnos es que en tan pocas palabras se hayan podido reunir tantos estereotipos. Veámoslos.


2.1 Las “nuevas generaciones”, ¿son nuevas?

El mismo Ayala las quiere convertir en sus clones: alfabetizadas en lo digital, exitosas en el mercado y articuladas a la competencia global. No criticamos esa pretensión, pues es la de todo proceso educativo: hacer que los recién llegados sean parte de la cultura vigente. Para que la pasen bien, dirán unos; para que no la reproduzcan servilmente, dirán otros; para que encuentren un sentido, agregarán más allá… Y se le puede dar la razón a todos, pues concuerdan en asumir una perspectiva de la cultura (la que pueden describir con ayuda de sus convicciones, de sus teorías, de sus utopías) y en querer que las nuevas generaciones formen parte de ese modelo. O sea, no soportamos que sean nuevas y las queremos volver prematuramente viejas, como la generación que se hace tales propósitos. Pero, ¿hay alternativa?

De otro lado, apelar a lo de “nuevas” es decir que no están contaminadas y que merecen lo mejor; y eso está muy bien. Ahora bien, si igual pasó con las generaciones que no son nuevas, ¿por qué no cambió todo? ¿O sí cambió, aunque en un sentido que no estaba previsto en las idealizaciones desde la cuales se le quieren trazar derroteros al proceso educativo?

Es todo un deporte nacional decir cómo debe ser la educación, eso sí, haciendo caso omiso de la historia del proceso educativo, de la historia del país, de las condiciones de posibilidad del cambio anunciado como aquel que, ahora sí, transformará todo... que es el lema con el que toda noticia de cambio se promueve.


2.2 Las nuevas generaciones, ¿viven en el “mundo digital”?

Según Ayala, debido a la tecnología, las nuevas generaciones tienen diferentes expectativas y visión de mundo. Como desde temprana edad se le imponen imágenes (TV, Xbox, computador, MP4), es muy difícil llegar a ellas, motivarlas a aprender.

Ahora bien, ¿esto describe algo novedoso? En un nivel sí: antes no había esos aparatos; y eso no es de poca monta. No obstante, si pensamos que el lenguaje, el medio propio de lo humano (independientemente de la edad, de la generación), se mueve en las dimensiones digital y virtual —¡desde que andábamos con garrotes y vestidos con pieles de animales abatidos!—, tal vez no habría algo tan novedoso. Es tentadora la idea de que antes las realidades eran materiales y hoy son virtuales. Sin embargo, ¿era material el hacha antes de hacerla por primera vez?; ¿acaso no existió primero en el mundo virtual del lenguaje para ser posible luego en la “realidad material”? Así mismo: ¿era posible un “sexo real” antes de la llegada del “sexo virtual”?, ¿no es el cuerpo de carne y hueso del otro un sostén para nuestras proyecciones? (3).

Entonces, traer a cuento el tema de lo digital parece más una postura disuasiva que argumentativa. Y, así, no se entiende lo pasado ni se entiende lo presente, simplemente se lo esgrime como arma contundente. Y como estamos en una cultura de la fecha de vencimiento, todos caen rendidos ante lo “actual” y desprecian lo “viejo”. ¿Y si se tratara de lo mismo? Por supuesto, no es igual, recibir el texto por correo al cabo de meses que hacer un click y obtenerlo en una fracción de segundo. No es lo mismo si comparamos velocidades y costos. En cambio, la velocidad de procesamiento cognitivo no ha disminuido en función inversa al aumento de la velocidad a la que fluye la información; ni la dificultad cognitiva ha disminuido en función directa a la reducción del costo del trámite. “Las propiedades fundamentales de nuestra inteligencia son muy antiguas. Si tomáramos a un hombre que vivió 20 mil años atrás y lo colocáramos desde su nacimiento en la sociedad actual, aprendería lo mismo que todos los demás, y sería un genio o un idiota, o lo que sea, pero no diferiría en lo esencial” (4).

De otro lado, quizá hoy sea muy difícil “motivar” a los estudiantes, como dice Ayala (¿y acaso no se ha dicho lo mismo en todas las épocas?); ahora bien, como el asunto de la educación no es la motivación (que sí está ligada a las maneras de distracción de la época), esa verificación no ayuda mucho a comprender la educación que tenemos, ni ofrece salidas. De manera que las nuevas generaciones tienen anécdotas muy distintas, efectivamente, escogidas de entre las condiciones de posibilidad que esta sociedad les brinda… aunque, en relación con lo que interesa a la educación, no parecen tener mucho de nuevo.


2.3 ¡Hoy los estudiantes se aburren en clase!

Según Ayala, hoy es más difícil que los estudiantes pongan atención. Y sale a defenderlos, con toda razón, de aquellos que argumentan deficiencia de atención. Con lo cual, de paso —posiblemente sin saberlo—, los defiende de la prescripción de Ritalina… siempre y cuando compren computadores. Para él, se trata de una condición básica de los niños hoy, “que son bombardeados con información y deben hacer multitasking permanentemente”. Y se pregunta: ¿cómo podría motivarlos una educación que no ha cambiado en los últimos 500 años? Curiosamente, Ayala sabe que las grandes diferencias producidas en 500 años no juegan a la hora de caracterizar la educación… sin embargo, olvida esa agudeza para juzgar ¡los últimos cinco años! No percibe diferencia entre la existencia o no de la escuela (pues ésta cumple 4 siglos) y sí le parece trascendental “la expansión del acceso a Internet y la proliferación de los dispositivos que permiten interactuar de manera visual y en tiempo real con fuentes de información”.

Ahora bien, como sabemos que en todas las épocas los estudiantes se aburren en clase (ese es el leit motiv de la caricatura de la escuela, desde Pinocho hasta Calvin y Hobbes), era previsible que también hoy se aburrieran. Ayala nos lo confirma y, como si esto fuera poco, nos brinda una explicación: hoy ocurre porque hay un profesor hablándoles, mientras el mundo bulle de imágenes; “hay una clase llena de pupitres, un tipo hablando al frente, en una sola vía, mientras el alumno trata de ver cómo se distrae”. Además, según él, esto produce una alta deserción.

Lo que no se entiende es por qué antes las nuevas generaciones igualmente se aburrían, si no las esperaba el solaz de la imagen después de clase (no eran “visuales”, para usar sus palabras). Esa tozuda propiedad de los estudiantes es una modesta objeción al argumento implícito de Ayala y es que se aburren porque la clase es alfabética, mientras los estudiantes son visuales; porque el profesor tiene algo que decir, mientras ellos no quieren oír… Incluso le parece que considerar el hecho de que los estudiantes no lean (como la comisión de notables, según él recuerda) ¡es hablar de cosas inútiles, irrelevantes! Despacha el asunto diciendo que la nueva generación no está muy alentada a leer porque es visual. Y eso no le parece un problema, ni le parece reversible: si bien leen menos, si bien leen “de forma más corta” [sic], cuando les interesa un tema “investigan a profundidad, desde diferentes fuentes, no solamente desde lo que hay en los libros”. No explica qué es “investigar a profundidad” por fuera de la cultura alfabética, ni cuál es el sentido de esas “otras fuentes” no librescas… si, por ejemplo, se trata de libros en soporte de fósforo o de cristal líquido (en cuyo caso no habría una crítica al libro), o si se trata de “investigar con imágenes”, lo cual es un oxímoron.

Entonces, si los estudiantes siempre se han aburrido, la explicación va más allá de la oposición entre la rezagada tiza y el moderno marcador para tablero acrílico, entre la anticuada cartelera y las deslumbrantes diapositivas del power point, entre el marchito relato y el florecido video en blue ray, entre la trampa copiada en un papelito furtivo y el fraude con teléfono celular, entre el desafinado coro escolar y el infinito y discreto iPod, entre la dispendiosa escritura y el ligero copy-paste, entre la fastidiosa investigación y el inmediato motor de búsqueda, entre el argumento necesario y la fácil opinión de blog.

Algo no ha sido explicado. ¿Se aburren porque la oferta de la escuela no es —y nunca será— el desarrollo natural de alguna condición inherente al sujeto? ¿Acaso la función de la escuela es distraer? Las causas de la deserción, ¿son solamente las del aburrimiento?; un niño aburrido, ¿puede decidir dejar la escuela? Por supuesto, no eximimos a la escuela de no ser capaz de implementar su transformación cultural de manera menos traumática o menos aburridora. Pero tampoco estas consideraciones apoyan la idea de Ayala, pues no se trata de un fenómeno actual, solucionable mediante decisiones de “modernización”. Todo parece indicar que se trata más bien de una condición humana. Si así es, ni siquiera los aparatos de Ayala —siempre y cuando contribuyan a tener una escuela y no un club de fans de la tecnología— podrán solucionar este “problema”… que resulta siendo la razón de ser de la escuela.


2.4 El deber ser

Las cámaras y el micrófono de la revista Dinero —materializaciones de una expectativa— autorizan a Ayala a decir que Colombia debe hacer ciertas cosas. La expresión ‘debe’ está al menos seis veces en sus respuestas: “No creo que la discusión deba centrarse en cómo utilizar la tecnología”; “la experiencia del Sena es una semilla que se debe mirar con más interés”; “no quiero decir que no debamos darles las bases a los muchachos”; “el conocimiento que adquieren lo deben aplicar dentro y fuera del colegio”; “la gente debe apersonarse de cómo aprender”; “debe haber un cambio fundamental”. También usa la expresión ‘hay que’, la cual tiene el mismo sentido de deber… aunque no queremos hacer una necia contabilidad.

Con esto, Ayala no habla como alguien que investiga el campo educativo, sino como alguien que lo gobierna. Y no se lo criticamos, pues hace parte del Unlimited Potential Group de Microsoft. De más está decir que la actitud investigativa extirpa de su lenguaje fórmulas que impliquen pontificar sobre el objeto. En la investigación, más bien se intentan explicar las razones por las cuales la escuela es lo que es en cada momento; por ejemplo, las razones por las cuales los estudiantes se aburren, las razones por las cuales la idea de “cerrar la brecha digital en el mundo” se impone como si fuera buena per se en el campo educativo, las razones por las cuales el Vicepresidente senior de mercados emergentes de Microsoft puede hablar con autoridad sobre educación, etc.

Para Ayala, la visión con la que se contemplan estos temas en Colombia es superficial y atrasada. De un lado, el gobierno no tiene voluntad política, no tiene propuestas profundas, no tiene una estrategia “agresiva” [sic] de acceso (más allá de lo que se ha hecho con Computadores para Educar, donde él trabaja) y opacó a la educación con los temas de guerra y seguridad. Y, por su parte, los actuales candidatos a la presidencia de 2010-2014 son poco profundos en el tema: como no entienden, el asunto no les parece urgente y viceversa. Ahora veamos hacia dónde lo conducen estas brillantes intuiciones.


2.5 Modernizar la propuesta pedagógica de Colombia

Si hay que “modernizar” es porque somos anticuados. Y en esta época eso es poco menos que un insulto. Nadie quiere estar atrasado o al margen de la moda. Empresas como aquella para la que trabaja Ayala —Microsoft — lo saben muy bien, pues desactualizan con periodicidad creciente los programas y sistemas operativos para que nos toque volver a comprar. La obsolescencia de los productos tiene muchas ventajas; se adecua muy bien a la búsqueda incesante de los sujetos… pero no la búsqueda por “cerrar la brecha digital” —que no sabemos que pueda cerrarse, que no sabemos si al sistema que la produce le convenga cerrarla—. No; la búsqueda incesante de los sujetos es por negar la carencia que los constituye como seres humanos, tratar de llenar esa falta con objetos que, finalmente, se revelarán como insuficientes.

El capitalismo no apuesta por la dignidad del sujeto, en el sentido de que haga con esa falta —tal como testimonian los artistas, que no hacen productos con valor de uso y empujados por el valor de cambio—, sino que apuesta por la acumulación del capital, independientemente de qué o quién vaya cayendo en el camino. ¿No resulta paradisíaco, para quien tiene cosas que vender, que lo más envilecedor, es decir, definirse como sujeto del consumo, sea lo que más quieren los sujetos? Bueno, Ayala nos dice que descolonicemos la escuela, que deje de ser ese reducto donde la cultura alfabética todavía se empeña en alguna dignidad humana, y que la convirtamos en una tienda más de productos de Microsoft. No en vano, la revista Dinero anota que Unlimited Potential Group de Microsoft intenta cerrar la mencionada brecha “mediante la creación de nuevos productos que generen oportunidades sociales y económicas para los 5.000 millones de personas que aún no tienen acceso a los beneficios de la tecnología” (en el mundo, 1.200 millones de personas tienen acceso a un computador). O sea, ¡hay 5.000 millones de personas que todavía no son sus clientes! Es como los bancos en Colombia: no satisfechos con ganancias de 7 billones de pesos anuales, están pensando en cómo obligar a las personas que viven por debajo de la línea de miseria a ser sus cuentahabientes.

Y no estamos contra la libre empresa; ni nos parece mal que se le pague al trabajador… en este caso, al vendedor: Ayala es el hombre de los mercados emergentes. ¿Será que la educación es uno de los mercados emergentes? En todo caso, es un buen lugar para vender y para hacer de los clientes otros vendedores. La técnica de Avon, siendo de la época de las cremas, algo le enseñó a Microsoft, que es de la época del chip. Sus clientes satisfechos, ¿no son acaso excelentes vendedores de computadores, de programas, de hardware, de técnicos, de cursos, de periféricos, de capacitación, de actualización? Los clientes no lo saben, y trabajan gratis: van felices, luciendo logos de empresas multimillonarias que no les pagan por la publicidad y que sí les cobran la prenda o, al menos, los derechos para poder llevar estampado tan glorioso nombre. Cada vez que alguien despliega la pantalla del portátil, muestra íconos que ayudan a vender otros tantos aparatos. Y no se trata de una carga que se lleve pesadamente o resignadamente. Se es un trabajador sin sueldo de las grandes empresas con la satisfacción de sentirse parte de. Como el esclavo romano, que se sentía orgulloso cuando las huestes llegaban con la noticia de una nueva conquista (5).

Pues bien, según Ayala, la fórmula para modernizar la propuesta pedagógica de Colombia es sencilla: 1. No meter a todos los estudiantes por el mismo camino, ni medirlos de la misma manera, con el fin de encontrar las verdaderas capacidades y vocaciones; 2. Aplicar lo que se aprende en la vida real desde el primer momento, lo cual es motivante; 3. Concebir el aprendizaje durante las 24 horas; 4. Tener acceso a Internet.

Curiosamente, sabiendo tanto de mercados y tan poco de educación, Ayala coincide con otros que se dedican a la educación desde alguna esquina. Veamos las fórmulas:

a. Encontrar la “vocación” de cada uno, descubrir las capacidades para el aprendizaje de cada niño, ha sido el sueño de muchos pedagogos; no obstante, con ello miran de lado el papel que cumplen en la producción de tal “vocación”, no en su detección, pues no es ella una semillita que anida en el corazón y que habría que fertilizar, sino uno de los efectos posibles de la interacción con una tradición cultural. De todas maneras, harían bien los funcionarios del sector en hacerle caso a Ayala, pues no es forzoso homogenizar, también se puede trabajar en la diferencia.

b. La aplicación del saber en la vida real es otra aspiración recurrente; lástima que él no tenga esas servidumbres, y que nuestra “vida real” sea no sólo un producto de ese saber (en gran medida), sino una de las cosas sobre las que no nos ponemos de acuerdo con su ayuda, pues de tener a la “vida real” como árbitro de la discusión, podríamos prescindir del saber. Los ejemplos de Ayala permiten entender que la “vida real” a la que se refiere tiene el sesgo de ciertos intereses. Primer ejemplo: Bill Gates abandonó la universidad, cansado de estudiar matemáticas que no se aplicaban; pero al enunciar esto, Ayala afirma —tal vez sin querer— que fueron matemáticas aplicables, que Gates contaba con excelentes profesores y, sobre todo, que tenía intereses personales. Segundo ejemplo: unos niños en Malasia deben pensar un robot que rescate a unos rehenes, sin exponer sus vidas ni la de los del equipo de rescate… parece que lo real de este escenario son las vidas de las que sí se puede disponer, así como las palabras que se presentan como ventanas al mundo —llama “ataque terrorista” a un secuestro— y que ahora constituirán el vocabulario de las nuevas generaciones.

c. El aprendizaje permanente sí es una convicción más reciente, más ligada a una novedosa extracción generalizada de plusvalía, sin que la multitud lo sepa (6). De todas maneras, da cierto toque de juventud a la gente, al sentirse alumnos durante toda la vida.

d. El acceso a Internet, aclara Ayala, es para trabajar en el proyecto, no para tomar el pelo en las redes sociales. O sea, reconoce —con un eufemismo, hay que decirlo— a qué tienden los seres humanos. ¿Y quién, señor Ayala, transformará esa tendencia a tomar el pelo en las redes sociales (lo que se hace en Internet es más que eso) en una tendencia a trabajar en el proyecto? ¿No serán los maestros?, ¿no ha sido siempre esa su función? Algo envolvente hay en la idea de Ayala: la escuela tradicional no sirve y, a cambio, hay que tener acceso a las nuevas tecnologías… pero para que los estudiantes no realicen con ellas su ancestral especificidad, necesitamos las funciones de la escuela tradicional.


2.6 Acabar el aburrimiento y el atraso

“A través de este programa, Microsoft pretende utilizar tecnología, capacitación y alianzas para transformar la educación, fomentar la innovación local y facilitar la creación de empleos y oportunidades en el mundo”. Con este Super-Ministerio Microsoft, todos —¡a escala mundial!— ganan. Y nada impide implementar aquí la propuesta, pues en Colombia, precisa Ayala, no hay problema de talentos ni de adaptación.

Sin embargo, de un lado, ¿acaso hay problema de talentos en alguna parte?… porque si en ninguna parte eso fuera problema, pues no habría necesidad de decirlo. ¿Clasifica Ayala a los seres humanos entre los que tienen talento y los que no? Adolf Hitler, que también tenía vínculos con una multinacional que también volvió mundialmente famoso un ícono, pensaba así. Confiamos en que Ayala no, si interpretamos que, como buen vendedor, lo que estaba era adulando al cliente.

De otro lado, sostiene que el problema tampoco es de adaptación a las nuevas tecnologías. Está bien, no le pidamos a un vendedor de computadores que haya superado la idea de que el conocimiento humano es un asunto de “adaptación”. Él es bueno en lo suyo y no tiene por qué saber de educación para hablar de educación, como ya explicamos. Lo sorprendente no es que no sepa de pedagogía ni de epistemología, que no sepa que el ser humano es un animal que no se adapta, lo sorprendente es que ponga el tema de las nuevas tecnologías como indefectible, siendo que los mismos mercaderes ya entienden —¿tal vez un poco tarde?— que ciertas ventas exitosas nos pusieron en una carrera de explotación del planeta que nos va a matar a todos y que entonces se hace forzoso renovar la propaganda que esgrime como indefectible la compra de ciertos productos y reasignarla a otros que —según nuevas propagandas— no producen tantos daños como los que hoy nos resultan evidentes. Es más, esto es un “valor agregado” —como se dice en esos ámbitos— de los productos.

Entonces, si el mismo modelo de desarrollo de la sociedad reconoce que no está definido de manera indefectible, no se trataría de “adaptarse”, sino de decidir sobre las implicaciones del consumo (que incentiva la producción). ¿Y dónde ocurre esto, señor Ayala? Puede que él no sepa que la escuela es un sitio donde estos asuntos se pueden dirimir, tal vez porque lo que conoce de cerca son “los esfuerzos que diferentes países del mundo están haciendo para transformar sus sistemas educativos, aprovechando el poder que ofrecen hoy las tecnologías de la información”. No conoce los esfuerzos que buscan aprovechar otros poderes, los esfuerzos por definir el rumbo y no tomarlo como predefinido. Está excusado, pues cada cual busca lo que quiere… aunque todo se complica cuando verificamos que la función del vendedor es lograr que lo beneficie el ejercicio de tal albedrío.


2.7 No atrasarnos en “la competencia global”

Este loable propósito de Microsoft se relaciona con ciertas propiedades de la actualidad. Responsabilidad, flexibilidad y tecnología son las que podemos vislumbrar en el discurso de Ayala.

2.7.1. La responsabilidad. En las escuelas ideales de Ayala: “Existe un tutor, pero la responsabilidad de la discusión es del niño […] la gente debe apersonarse de cómo aprender y cómo profundizar en su aprendizaje”. Afirma que es necesario “suministrar la conectividad y crear el entorno adecuado para que los niños asuman la responsabilidad por su propio aprendizaje”. Aquí el sentido de responsabilidad es muy interesante. Siempre los sujetos han estado frente a ella; por eso, cuando no son responsables, se les puede llamar a rendir cuentas. Sólo que ahora eso se esgrime como novedad. ¿La razón? Que en el presente la dimensión en la que eso se juega se ha desplazado del ágora, del foro… al lugar mismo del trabajo, de la estabilidad laboral. Si ahora interpelan nuestra responsabilidad es porque nos quieren libres en la dimensión de la labor, es decir, que el Estado y la empresa se liberan de su responsabilidad y la confieren como una dimensión política (de la praxis) [7] que ahora regiría la vida entera.

No decimos que sea bueno o malo, sino que se pasa por encima de siglos de configuración de lo social, con el fin de desarraigar aún más a los trabajadores. Así mismo se habló de “libertad” cuando se expropió totalmente al siervo de la gleba y se lo transformó en proletario de la urbe, sin más propiedad que su fuerza de trabajo: las funciones ideológicas —que habían corrido a cargo de la iglesia— se disgregaron en un séquito de semi‑dioses: Progreso, Justicia, Libertad, Civilización, Humanidad, Patria, etc.(8). El obrero no tenía más que su fuerza de trabajo y “decidía” venderla para sobrevivir. Pues bien, aunque más explotación no pareciera posible, la “competencia global” de la que habla Ayala materializa un dispositivo sutil del capitalismo mediante el cual esa fuerza de trabajo se hace insuficiente para sobrevivir, pues debe capacitarse permanentemente, como responsabilidad del mismo trabajador. Esto también tiene que ver con la “individualización de la educación” de la que hable Ayala.

La formación y la capacitación, impartidas antes por la empresa y la escuela, ahora aparecen como responsabilidad del individuo. Paradójicamente, Ayala habla del papel de líderes (léase “gobernantes”) dispuestos a jugársela por soluciones útiles a la gente: “En Portugal y Uruguay decidieron hacer disponible esta herramienta a todos. Crearon la oportunidad de que los muchachos usen la tecnología como la capacidad para apersonarse del conocimiento […] en Noruega o Finlandia se ha decidido reconocer el acceso a Internet como un derecho humano, por la capacidad que brinda de poderse interconectar con el mundo”.

Se trata de la libertad mayor —resolver vender o no la fuerza de trabajo, bajo el compromiso de tener que actualizarla por sí mismo—, aunque bajo el formato de seguidores del “líder”. Es toda una lección la que nos da Microsoft: hay que estar del lado de los que mandan, incluso hacerles caer en cuenta de qué deben ordenar.

2.7.2. La flexibilidad. Sostiene Ayala: “Todo cambia, empezando por la distribución de las aulas: ya no son filas de pupitres frente a un tablero, sino que son cinco niños, que se sientan a debatir un tema. Como en la Universidad de los Andes: bahías en las cuales se puede conectar el computador y allí los grupos interactúan como pares. Los profesores proveen el contexto o la asistencia, pero no hay clases de una sola vía”. De la misma manera como el trabajo se flexibiliza, es decir que se pierde la estabilidad laboral y las conquistas de los trabajadores, así se piensa la escuela. Ahora el maestro es un “tutor” (ya deben estar pensando en replantear su contrato, pues trabaja menos un tutor que un maestro). Eso desmorona toda jerarquía: la distribución de los pupitres, la definición de los lugares de aprendizaje, la “doble vía” de la comunicación, los tiempos. Por supuesto que son formalidades, pues no es el hecho de “vernos las espaldas” o distribuirnos en círculos lo que determina la especificidad del saber; tampoco lo es la posibilidad de opinar o la desaparición del tablero. Además, difícilmente los estudiantes debatirán temas por sí mismos sin una mediación. Todo luce como una crítica a la escuela: ésta fue rígida con el espacio, con la participación, con las vías del diálogo, con el tiempo. Y es cierto. Ahora se lo cobran, aunque no a nombre de la construcción del saber, sino de la modificación de las formalidades que apuntan al asunto, sin serlo por sí mismas.

2.7.3. La tecnología. Según Ayala, “estamos en el máximo punto de oportunidad” después de la democratización del acceso a la información que hizo Gutenberg: hoy tenemos acceso a cualquier tema si nos lo proponemos. O sea, a toda la información, la producida y la que se producirá, pues no de otra manera se atrevería Ayala a decir que estamos en el punto máximo. Ahora bien, ¿puede estar toda la información en Internet? Ni siquiera si el conocimiento se redujera a la información, podríamos decir que estamos ante un hito histórico —como dice Ayala—, pues existen modalidades de la información vedadas al “público”: información clasificada, patentes, reservas del sumario, información censurada…

Si bien la imprenta permitió masificar los libros, ¿lo principal se ubicaba en la dificultad de circulación? Ciertamente, la imprenta democratizó el acceso a la información —para usar las palabras del entrevistado—, no a la creación de conocimiento. Además, se habla como si los instrumentos vinieran a facilitar lo que hay, como si no tuvieran el efecto de transformar las condiciones mismas en las cuales se definen los problemas. En realidad, la imprenta no democratizó el acceso a la información, sino que cambió la cultura. De otro lado, se habla del conocimiento como un acceso personal a la información, como una oportunidad que no hay que dejar pasar (es el tono de las propagandas); se diluye por completo la perspectiva social de su construcción.

Pero Ayala es inteligente y, entonces, cambia rápidamente de posición (no nos avisa, tal vez porque en estos tiempos la vigencia del conocimiento es mínima) y dice: “El corazón del problema está en lograr acelerar el aprendizaje a pesar del caos y la sobreabundancia de conocimiento. El dilema es cómo aprender algo útil en medio de tanta información”. Tenemos tres elementos que no se diferencian muy bien: el aprendizaje, que ha de ser acelerado, y que puede ser útil o inútil; el conocimiento, que es un caos y está en exceso; y la información, de la que hay mucha. Otra vez, Ayala acierta en algunas cosas. El aprendizaje, ya dijimos, no es algo que pueda ser acelerado en función de factores externos, dado que tiene su economía y su ritmo internos; además, algo aprendido no puede ser calificado de útil o inútil, pues el caso es que ya fue aprendido… de nuevo, el criterio es interno: su “utilidad”, si se quiere hablar así, ya fue realizada. Por su parte, el conocimiento no puede ser un caos, ni estar en exceso, si ya es conocimiento. En cambio, de la información sí podemos afirmar todas esas cosas: que la hay inútil, que se puede acelerar su flujo, que hay en exceso.

Ahora bien, si el aprendizaje y el conocimiento tienen su propia lógica, los medios bendecidos por Ayala y por la época lo que han venido a producir es exceso de información, pues a las otras dos nociones no se las puede calificar así. De manera que Ayala nos ayuda a caracterizar la época: estamos en un momento en el que, como el conocimiento y el aprendizaje no pueden ser alterados en su especificidad por los aparatos y las fuentes de datos, nos dimos a la tarea de producir información en exceso para producir un semblante de saber.

Ayala tiene la lucidez de decir —no necesariamente de creer en lo que va a decir— que “La tecnología no es el propósito, es el medio”, que “No basta con comprar computadores”. O sea, a las dificultades propias del conocimiento, agregamos la de la sobreabundancia de información. Y, no obstante ser la tecnología solamente el medio, Ayala sugiere regirnos por ella —en asuntos en los que no define las cosas—, por el hecho de su “extraordinaria difusión”… extraordinario argumento.

Pese a no ser lo más importante en juego, tenemos que “Tomar decisiones ambiciosas, de largo alcance”, pues dada la disminución de los costos de la tecnología, a cada niño se le puede dar un computador. Es como decir que, así estemos llenos, hay que comerse la comida que está al frente, porque hay mucha y porque es muy barata… no importa la indigestión. Y no se trata solamente de los computadores, pues la tecnología va a venir en muchas formas: celulares (ya hay casi 4.000 millones, muchos más que computadores), Xbox como plataforma educativa, etc.

Que no se entienda que estamos en contra de que Microsoft le regale a cada niño un computador. El capitalismo sabe que la aplicación del saber aumenta vertiginosamente la productividad… pero no sólo no reduce las horas de trabajo, sino que busca, de un lado, desmejorar las condiciones laborales; para eso habla de competencias laborales, flexibilidad y responsabilidad. Y, de otro lado, busca vender mucho; para eso tiene vendedores como Ayala. Entonces, ¿será el capitalismo capaz de democratizar la tecnología, de regalarle a cada niño un computador? ¿O será más bien que Microsoft colabora con el gobierno, si el gobierno colabora con Microsoft? Tal vez el capitalismo no regala si no está obteniendo ganancias directas o indirectas… o bien expiando culpas.


1) Peter Sloterdijk. Crítica de la razón cínica. Madrid: Taurus, 1989.
2) Richard Sennett. La corrosión del carácter. Barcelona: Anagrama, 2000.
3) Slavoj Žižec. Ideología. Un mapa de la cuestión. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 1994. Pág. 8.
4) Noam Chomsky/Michel Foucault. La naturaleza humana: justicia versus poder. Buenos Aires: Katz, 2006. Pág. 48.
5) Sigmund Freud. El porvenir de una ilusión. En: Obras completas. Buenos Aires: Amorrortu, 1994. Vol. XXI, pág.13.
6) Paolo Virno. Gramática de la multitud. Buenos Aires: Colihue, 2003.
7) Hannah Arendt. La condición humana. Barcelona: Paidós, 1993.
8) Paul Lafargue. «El método histórico». En: El materialismo histórico según los grandes marxistas (varios autores). México: Roca, 1973. Pág. 56-57.

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