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miércoles, 13 de agosto de 2014

Chapola

El Sionismo o el Nazismo Judío

Estamos asistiendo a la materialización de una de las ideologías nacionalistas y patrioteras más afines al nazismo, que creíamos superado después de la derrota de los alemanes en 1945.

¿Recuerdan ustedes en qué se basa el Nacionalsocialismo? En dos ideas simples: la superioridad racial y la necesidad del espacio vital (Lebens Raum) para la raza superior.

¿Recuerdan en qué se basa el sionismo? En el mito del pueblo elegido y de su derecho a dominar toda la tierra prometida, que va desde el mar Rojo hasta el golfo Pérsico.

¿En qué se basa el mito? En la superioridad de los israelitas (hebreos) sobre los ismaelitas (árabes). ¿En qué se basa esa diferencia? En que los últimos son descendientes de Ismael, hijo de Agar, la esclava de Abraham, con quien este había tenido un hijo, dada la imposibilidad de que su esposa, Sara, le diera descendencia, pues ya estaba de edad avanzada y no había logrado concebir. Sin embargo, como por milagro, Sara logró quedar embarazada y dio a luz a Isaac, también llamado Israel.

Desde entonces, los ismaelitas son considerados inferiores por ser descendientes de una esclava o por ser ilegítimos. Los israelitas, en cambio, se consideran los descendientes legítimos de Abraham. En consecuencia, se atribuyen ellos mismos una superioridad moral.

Desde luego que todo mito, más si se trata de uno de superioridad, sirve para legitimar la dominación sobre otros ¿Cuál es entonces la condición de existencia de los demás pueblos, de los palestinos que han habitado esas tierras desde siempre? La misma que la de los eslavos y todas las “razas inferiores” que coexisten con los arios: la esclavitud o el exterminio. En Europa se trataba sobre todo de apoderarse de las tierras de los eslavos y de los Magiar; se trata de colonizar con población alemana toda la Europa central y lo que se pudiera de Rusia. En Palestina se trata de colonizar y apropiarse de todas las tierras que, según el reparto de 1948, corresponden a los palestinos. Ese es el problema, la resistencia a la ocupación del territorio, para lo cual los palestinos son un estorbo.

Desde la leyenda del Éxodo, cuando el pueblo hebreo guiado por Moisés cruzó el mar Rojo y llegó a las tierras de Palestina, el conflicto existe: los jebeos, jeteos, amuseos, amorreos y demás pueblos que, según la Biblia, habitaban dichos territorios, estaban condenados a la expulsión, a la esclavitud o a la muerte, pues los judíos, el pueblo elegido, no podía convivir de otra manera con pueblos menos sabios y menos virtuosos que ellos, como lo relata Yourcenar en las Memorias de Adriano.

El mandato de “creced y multiplicaos” siempre ha sido una exhortación endogámica en ambas ideologías: los judíos tienen que casarse con alguien de la misma raza o religión o lengua para poder mantener el linaje. El nazismo estableció en Alemania, además por supuesto de la prohibición de casarse con judíos, que cada mujer que llegara a tener un quinto hijo recibiría un obsequio y una felicitación personal del propio Hitler o uno de los altos mandos nazis, como Himmler o Goebbels, por su contribución a la perpetuación de la raza alemana. Ahora, en sentido opuesto pero equivalente, una diputada de Knesset o parlamento de Israel ha propuesto a las tropas de invasión en Gaza que, además de los niños, claro está, deben matar a las madres, pues ellas son las garantes la reproducción de lo que para ellos son sólo terroristas dignos de exterminio.

A propósito de terrorismo. Esta es una manera de llamar a todo aquel que intenta hacer cualquier tipo de resistencia antisistémica, es decir, que pueda perjudicar los intereses estratégicos del capital en cualquier parte del mundo. Pero si se trata de que alguien siembra terror en una población, esta es una enseñanza de los sionistas organizados en una oscura (no tanto para los occidentales) facción llamada Etzel, dedicada a poner bombas, incendiar casas y expulsar y matar palestinos entre 1948 y 1957(*). Dicha organización era dirigida nada menos que por Menahen Beguin, uno de los sionistas más caracterizados, coautor del Tratado de Camp David a fines de los setentas, y a quien nunca los Estados Unidos o Europa le abrieron un expediente por terrorismo.

Menahen Beguin fue uno de quienes impuso en Occidente el silencio cómplice con Israel, al descalificar como antisemitismo toda denuncia contra los crímenes que estaban cometiendo los sionistas. Frente a esto, hay que aclarar dos equívocos:

1) que los hebreos no son los únicos semitas, pues como descendientes de Abraham, ambos, hebreo y árabes, son semitas o descendientes de Sem, uno de los hijos de Noé. 

2) por otro lado, ser antisionista no es ser antisemita, ni antihebreo ni antijudío, como ser anti nazi no es ser anti alemán, y ser anti uribista y anti paramilitar no es ser anticolombiano.

Entonces, entre el mito de la superioridad racial y la invención de “el terrorismo” como enemigo universal, relacionado siempre con los pobres, los negros, los árabes, los musulmanes, los orientales y los izquierdistas, se legitima una estrategia de dominación, expropiación y exterminio de una población específica para beneficiar al capital.

¿Al capital? ¿Cuántos y cuáles son los intereses occidentales en esta masacre que han mantenido a los gobiernos en silencio o apoyando a los genocidas? Son demasiado obvios para entrar en detalles.

(*) Hay que recordar que la fundación del Estado de Israel fue aprobada por la ONU, y consistía en dividir el territorio, mitad israelí y mitad palestino. Desde entonces, la tarea del sionismo no ha sido defenderse sino tratar de expulsar o exterminar a la población palestina mediante el terror privado o estatal, para fundar asentamientos judíos en las tierras de los palestinos. Desde entonces los palestinos han vivido principalmente en campamentos de refugiados en Jordania, en el Líbano y ahora en áreas ocupadas por Israel.

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