jueves, 28 de agosto de 2014

¿La escuela del post-conflicto?


Ahora los enunciados comienzan a llenarse de esta nueva expresión: post-conflicto. Se trata de un objeto socio-mediático, fácil como todos los objetos de este tipo. Los medios consideran esa facilidad como una cualidad positiva, pues ahí la clave no es pensar, historiar, entender o polemizar con argumentos, sino creer que se aprehendió algo de un solo golpe. Por eso, los medios han incorporado ya al sentido común esa máxima —con mínimo de razón— que reza: “una imagen vale más que mil palabras”. Es que a la época que alimenta el apetito del ojo le conviene que inclinemos la balanza hacia lo sensible, en detrimento de lo inteligible. Pero la comprensión (por ejemplo, los conocimientos que hacen posible que los medios puedan enviar una imagen) no son del orden de las imágenes.

Ninguna cantidad de imágenes podrá hacer comprensible “el conflicto”; incluso, mientras más obscena es la muestra (como las de quienes creen que “memoria” es mostrar imágenes atroces), puede que menos comprensible sea el asunto. De lo que hay que concluir que una palabra vale más que mil imágenes. Por supuesto que grabar un archivo solamente haciendo click en un botón que tiene el dibujo de un diskette es algo muy cómodo. Pero ese dibujo no reemplaza los comandos que se activan tras el click y que no están constituidos de imágenes, sino de órdenes cifradas en un lenguaje abstracto (al cual, a su vez, le subyace un lenguaje matemático, formalizado). La comodidad nos obnubila al punto de creer —se oye por doquier la idea— de que estamos ante una nueva forma de conocer. El power point, cada vez que lo usamos, dice que la época no descansará hasta convencernos de que no está de moda pensar y que nuestro máximo derecho es consumir, con las facilidades que nos dan las interfaces “amables”, es decir, hechas de imágenes, donde no haya que pensar mucho.
Ahora bien, en relación con el llamado “conflicto”, el asunto se enreda cuando nos quitamos las imágenes de la cabeza y empezamos a pensar. Por ejemplo: ¿hay uno o múltiples conflictos?; el conflicto, ¿es algo que se pueda eliminar o es estructural a nuestra sociedad?; los que hablan del conflicto —los periodistas, pongamos por caso—, ¿no forman parte de él? No se trata de algo sencillo, de algo reductible a una secuencia de fotos, videos y declaraciones de los políticos profesionales y de las llamadas “personalidades” (que han llegado a ese lugar, justamente porque les ponen un micrófono en la boca cada que algo ocurre).

León Valencia (director de la Fundación Paz y Reconciliación; miembro del grupo de memoria histórica), en su columna de la revista Semana de agosto 24 de 2014, habla de la escuela que necesita el post-conflicto. Apuesta el señor Valencia por un acercamiento entre la Federación colombiana de educadores (FECODE) y el Ministerio de Educación Nacional (MEN) para protagonizar la “revolución educativa” anunciada por Santos en su discurso de posesión. Pero, dicha revolución, en realidad, ya había sido anunciada por Uribe, desde su primer mandato (ese era el nombre de su plan sectorial), de manera que ya llevamos doce años de “revolución” y nada pasa. ¿Qué nos permite prever que “ahora sí” el asunto va a cambiar? Podemos retroceder aún más y apreciar, en todos los planes de desarrollo de los gobiernos de turno, las mismas promesas, las mismas medidas, el mismo espíritu de política educativa dependiente de los acuerdos con las entidades multilaterales, tanto las que expelen discursos, como las que adjudican préstamos.

La escuela que tenemos (antes de establecer la que supuestamente tendríamos que configurar para encarar el post-conflicto), es un objeto muy complejo. Hay, simultáneamente, muchos discursos tratando de decir lo que allí ocurre y, en consecuencia, lo que allí tendría que cambiar. Sin embargo, esa pugna no es entre iguales, ni se zanja a favor de los mejores argumentos. Un recorrido histórico muestra que los discursos que hablan con hegemonía de la educación han venido cambiando con el tiempo. En este momento, el discurso que se ha posesionado del balcón desde el que se habla de educación es un discurso economicista que se sirve de la psicometría. Lo que se propagandea sobre la educación, lo que hace escándalo en la prensa, allí donde habría que poner el énfasis… son todos asuntos que vienen de ese discurso. Por ejemplo, en este momento tenemos el escándalo de las pruebas Pisa. Pues bien, es en relación con él que los candidatos a la presidencia se pronunciaron cuando hablaron de educación; fue por eso que uno de los candidatos nombró a cierto personaje como su fórmula vicepresidencial; fue en función de ese escándalo que el presidente —por encima de los mecanismos regulares— adoptó un informe, hecho de esa misma manera, como orientación para el mejoramiento de la educación en los próximos años. Ya no se habla de pedagogía, de educación, de epistemología, de conocimiento… sino de los niveles de competencia, de los cuartiles, de los factores asociados, según los resultados del software estadístico.

Pero, lo que va a pasar con la educación, lo que está pasando con la educación, no depende principalmente de los enunciados que sobre ella escuchamos en los medios, sino de las prácticas específicas que se ejecutan en su seno. Dichos enunciados tienen allí más bien el valor de una legitimación; mas sería ingenuo creer (pero de la ingenuidad se alimenta en gran medida el funcionamiento de lo social) que esos enunciados describen el proceso educativo. Ahora bien, ¿cuáles son esas prácticas que constituyen el día a día de la educación y que sólo se moverán de ahí, no cuando llegue un “nuevo” discurso (venga de donde venga, aquí curiosamente el color político no tiene mucho impacto), sino cuando dichas prácticas se transformen? Eso es de lo que nadie quiere saber, porque requiere de investigación seria, no de investigación al servicio de la política educativa (de nuevo, en cualquiera de sus versiones: la que la elogia y la que la critica, pues usan los mismos referentes).

El asunto no es —como de buena fe cree Valencia— si la nueva ministra de educación es inteligente y le gustan los grandes desafíos. Esa definición le cabe a casi todos los seres humanos: de un lado, todos tenemos la misma capacidad instalada y, de otro lado, cada uno considera “grandes desafíos” a la superación de sus pequeñas miserias. Tampoco el asunto tiene que ver con que Gina Parody haya recibido del presidente la orientación de concertar con la FECODE, como dice Valencia. Dicha concertación —de ser posible— tiene que ver con ciertas condiciones de posibilidad. ¡Ya se habría concretado si tales condiciones estuvieran dadas… no era que faltara una orden presidencial! Por supuesto que hay “voluntades políticas”, pero esas hay que hacerlas entrar en la cuenta de las condiciones de posibilidad. Y, por el otro extremo, tampoco se trata, de un lado, de convencer a la FECODE de que Parody es una buena chica, entre otras porque sus actos para con el sindicato del Sena fueron absolutamente consistentes con la política educativa que campea más allá de los discursos mediáticos. Ni, de otro lado, de que el ministro de turno tenga que saber de educación —como quiere la FCODE, según Valencia—, pues el ministro más bien debe saber dejar que la administración de la educación siga estando a manos de las implicaciones prácticas que tiene el discurso hegemónico en educación (¡no se trata de un cargo intelectual!).

Por ser un humano (inteligente y en pos de retos) y por haber recibido una orden, Valencia juzga que Gina, con el apoyo de la FECODE, acometerá “las grandes reformas que requiere la educación en Colombia”, salvo que cada uno tiene una idea distinta de educación y, por lo tanto, las “grandes reformas” que cada uno tiene en la cabeza pueden ir en sentidos contrarios. No obstante, Valencia ve en estas dos instancias los “protagonistas de la revolución educativa”. Esa es una muestra de que nada va a pasar. Por ejemplo, podemos pensar que los protagonistas no pueden ser la ministra y el sindicato, sino los maestros; nada sacamos con que estos púgiles dejen los guantes, cuando la pelea está en otro lado.

Valencia “ha sentido un nuevo aire en el sector”, dado que ha hablado con los directivos del sindicato y con expertos en educación. Sin embargo, las clases las siguen dictando los 332.000 educadores del país, que justamente no son citados como “expertos en educación”, ni tienen las claridades —gremiales, valga la pena aclararlo— de los dirigentes del sindicato. Esos son los verdaderos protagonistas. Su profesionalización, su práctica, su relación con la legislación educativa… se ha dado —durante mucho tiempo— bajo ciertas condiciones. Es una historia que no se borra, que no se transforma, con un gesto de comprensión (que no es malo que lo haya), o con una orden presidencial (que a veces no es malo que la haya).

Nada sacamos con pensar la historia como hecha de actos heroicos, realizados por un par de personajes especiales. La “verdadera preocupación por mejorar la calidad de la educación” —como dice Valencia— es bastante poco delante de las condiciones en que se realiza la educación del país. Por ejemplo, no vamos a dejar de invertir miles de millones en las evaluaciones masivas (las pruebas Pisa son realizadas por la Ocde y es en función de ellas que Santos ha hablado de convertir a Colombia en el país más educado de América Latina al año 2025), en detrimento del trabajo por reducir las diferencias económicas tan abismales que presenta el país y que, por carambola, explican en gran medida las diferencias de puntajes en las pruebas.

Creer que la escuela trabaja para la coyuntura es uno de los errores más graves de los políticos, de todos los colores, en todos los tiempos. Se oye muy bien la idea de Valencia de “transformar la escuela de cara a la reconciliación y a la modernización del país”, entre otras porque los políticos no se esfuerzan por entender la escuela, sino por usarla a su conveniencia. Y no es que las conveniencias no sean plausibles, como la de la reconciliación, sino que no es posible convertir la escuela en una servidora del interés de turno sin desnaturalizarla.

Las declaraciones de buena voluntad, vengan de donde vengan, sólo tendrían sentido si se correspondieran con acciones que mantengan la especificidad de la escuela. El problema es que los hechos no señalan en esa dirección y hoy la escuela se nos está saliendo de las manos a todos. La escuela que establece condiciones de posibilidad para el saber, puede producir efectos de respeto por el otro, de tolerancia por las diferencias. No es exactamente su asunto, pero puede producirlo en proporción al respeto de su especificidad. Pero, como vemos en el ejemplo de Valencia —de cuyas buenas intenciones no dudamos—, se piensa la escuela como un medio… para hacer ajuste fiscal, para enriquecerse, para hacer justicia social, para escampar, para hacer política, para producir cuadros… en fin, para mil cosas, menos para hacer escuela. Y, sin embargo, respetando su funcionamiento específico, veríamos a largo plazo lo que de ella puede surgir, siempre y cuando no la presionemos para hacer lo que su estructura no le permite y, en consecuencia, no sólo no lo consigue, sino que deja de ser lo que es.

La escuela que hemos producido al utilizarla para nuestros intereses, es un aparato con cierta afinidad con el conflicto (¿no es hoy un conflicto la vida en la escuela pública?). La escuela del post-conflicto no tiene nada de nuevo, no hay que transformarle nada. Sencillamente es hacer escuela, es decir, una tramitación de nuestros impulsos mediante la relación con el saber. Eso no acaba con el conflicto, no es post-conflicto. Eso permite tramitar de mejor manera los conflictos. Es durante-el-conflicto. Ya los políticos estarán pensando que la escuela debe tematizar los asuntos propios de la mesa de diálogo; que, una vez firmado el acuerdo, ella debe promoverlo, propagandearlo, volver tema propio los asuntos concomitantes a la firma de un tratado de paz entre la guerrilla y el gobierno. Pero no olvidemos que la mala pedagogía está hecha de buenas intenciones.

El gobierno tiene deudas acumuladas con los maestros, hay problemas de infraestructura, la inversión en el sector es muy baja… Todo eso es cierto y si hay un verdadero compromiso, tendrían que tomarse medidas al respecto. Pero la menos equivocada de las medidas que con respecto a la educación se pueden tomar a propósito del histórico acuerdo que está por suceder es restituirle sus condiciones de posibilidad. 

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