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lunes, 16 de enero de 2012

Sobre teoría del Estado y globalización



Globalización obliga: recientemente, se ha hablado mucho del fin del Estado, pero no recordando o constatando la vigencia de las tesis marxistas y anarquistas de la extinción del Estado, sino desde la vulgata neoliberal y desde la retórica de la globalización. Desde la década de los 80 del siglo XX, la doctrina del Estado-mínimo se convirtió en consigna capitalista y no en utopía marxista o anarquista. Hemos leído que un profesor italiano de Antonio Negri afirmaba que “El Estado va y viene” (Moncayo, 2004:22). Pues bien, con este boletín se trata de tratar de entender las mutaciones del Estado, a la luz de lo que se llama “globalización”; advertiremos el sesgo ideológico y político de la consigna neoliberal para, enseguida, reiterar los elementos que en el actual proceso de globalización se dan de manera diferenciada con respecto a fases anteriores del capitalismo. De este modo, desembocaremos en la perspectiva, no de un Leviatán derrotado, sino de un Leviatán transformado (Ibíd., Pág. 16).






El Estado en la fase neoliberal o postmoderna



En sus tres o cuatro más recientes décadas, la historia nos ha atiborrado de acontecimientos; algunos opinan que se ha acelerado ella misma (Virilio), otros piensan que es la disposición informativa y la interconectividad de base lo que nos genera este avasallamiento. Esta aceleración y extensión del cambio crea la apariencia de que los procesos desaparecen y la realidad contundente e inmediata se nos impone, obligándonos, de manera flexible y rápida, a proveernos constantemente de nuevas teorías para comprender lo que sucede, con el agravante de que la realidad vertiginosa, diferencial, efímera, caótica, resiste y rechaza cualquier esquema comprensivo, por mínimo que él sea.

Estamos en un ciclo, no sólo de cambios, sino de aceleración de los mismos (Giddens, 1993:19): los nuevos movimientos sociales de los 60, la derrota de USA en Vietnam, la crisis ecológica, la caída del muro de Berlín, la disolución de la URSS, el fin de la Guerra Fría, el 11 de septiembre de 2001, la guerra de Afganistán, la de Irak, el 11 y 14 de marzo de 2004, Julio de 2005 en Londres, etc., son tan sólo algunos ejemplos para ilustrar lo que decimos. Ahora bien, como en la ciudad de los simulacros (Baudrillard), si nos atenemos a esta secuencia de vértigo, a esta psicodelia inestable, podemos caer ebrios, sin lograr dar un marco de referencia a lo que pasa y generando, además la sensación de lo ineludible de una realidad ajena —por la velocidad— a la construcción de una memoria, tanto individual como colectiva. Las teorías del cambio social, en sus versiones canónicas, han quedado sin aliento y sin destrezas contextualizadoras para comprender. No es para menos: “Las informaciones, como los capitales y las mercancías, atraviesan las fronteras. Lo que estaba alejado se acerca y el pasado se convierte en presente. El desarrollo ya no es la serie de etapas a través de las cuales una sociedad sale del subdesarrollo, y la modernidad ya no sucede a la tradición; todo se mezcla; el espacio y el tiempo se comprimen” (Touraine: 1997:9).

Desde luego que no se trata tan sólo de las teorías del cambio social, como las de la modernización, las que no dan cuenta de las mutaciones referidas, sino de todos los paradigmas que, con genio y orgullo, fueron generados en la modernidad simple (Beck, et al., 1997: 14-15) para dar cuenta de la realidad del mundo moderno. Esta perplejidad que produce la debilidad de los marcos teóricos tradicionales para captar la actualidad, se disminuye cuando consideramos que es desde replanteamientos o reinterpretaciones científico-discursivas que podemos abordar la comprensión de la modernidad en fase de globalización o, para ser más precisos, del Estado en su fase neoliberal o postmoderna. Es sugerente el camino de resignificación del Estado que han tomado Antonio Negri y Michael Hardt: la globalización no sepulta al Estado, lo hace funcionar de distinto modo a como funcionó en la fase clásica moderna.

Sin embargo, es oportuno aclarar que la afirmación del “fin del Estado” no cubre a todos los que estudian la globalización. Sabemos que es una consigna neoliberal que ha sido socorrida por la trivialización de los medios de comunicación y por intereses capitalistas privatizadores. Esto nos conmina a detenernos un poco en este punto. Si “globalización” no es sinónima de “globalización neoliberal”, surgen preguntas tales como: ¿qué dimensiones económicas, políticas y culturales se escapan al neoliberalismo? Si “globalización” no es sinónima de “fin del Estado”, ¿cómo entendemos el Estado en la actualidad?, ¿cómo funciona en relación con el capitalismo y en relación con la misma globalización?

Este punto es de especial interés en el debate actual sobre la caracterización del mundo. Podríamos admitir que, si bien es cierto que la globalización no necesariamente se identifica con el neoliberalismo, la afirmación de que la globalización es capitalista pareciera ser irrefutable. Como lo ha expresado Hugo Fazio (2002), el capitalismo es el motor y el mercado es la gasolina de la globalización, admitiendo, entonces, con muchos, que hoy día son inseparables los dos fenómenos o, mejor, que el capitalismo es la condición socio-económica insuperable de nuestro tiempo. Pero la globalización de carácter cultural, de carácter político (derechos humanos), de carácter medioambiental, podrían entenderse desde la idea de una autonomía relativa frente a la globalización económica capitalista. En este lugar es bueno puntualizar, con Fernando López (2003:18), en la diferencia entre globalización económica y globalización neoliberal:

“[...] hoy tampoco tenemos una economía global regida totalmente por los preceptos neo-liberales que se han convertido en la política exterior de Europa y los Estados Unidos. El mercado global es simplemente una ilusión. De hecho, las áreas del comercio internacional que se manejan realmente de manera neoliberal hoy día son excepcionales. Es una globalización en la que subsiste el proteccionismo y las barreras al comercio internacional, una globalización llena de acuerdos de cooperación regional como NAFTA, MERCOSUR, el emergente pacto Asiático, o la Unión Europea, que más bien protegen economías de escala de la competencia con mercado global en vez de integrarlas en él”.


Se da un sensus communis sobre el dominio capitalista en esta mundialización[1], existiendo eso sí posicionamientos diferentes frente a esta constatación, explicados por las distintas tradiciones y por las distintas formas de leer al mundo de la post-guerra fría. Inclusive una lectura como la de Manuel Castells —en su trilogía de la Era de la Información—, asume el capitalismo como condición necesaria de la civilización o sociedad informacional, desplazando de este modo el análisis hacia la descripción del nuevo fenómeno y dejando de lado el análisis crítico-político y utópico-emancipador. Igual le ocurre a otros prestigiosos estudiosos de la globalización, v. gr., Giddens, Beck, Bauman, Held y hasta la misma Mouffe, cuya teoría hacia una democracia plural y radical se enuncia en términos de una interpretación liberal de la historia de la post-guerra fría.

Contrarios a ese listado de ilustres científico-sociales, son los casos de Negri y de Hardt; para empezar, no insinúan siquiera un mínimo resquicio de neutralidad de la globalización[2], sino que la asumen como Imperio. Veamos el planteamiento, en sus líneas generales:

“El pasaje al Imperio emerge del ocaso de la moderna soberanía. En contraste con el imperialismo, el Imperio no establece centro territorial de poder, y no se basa en fronteras fijas o barreras. Es un aparato de mando descentrado y desterritorializado que incorpora progresivamente a todo el reino global dentro de sus fronteras abiertas y expansivas. El Imperio maneja identidades híbridas, jerarquías flexibles e intercambios plurales por medio de redes moduladoras de comando. Los diferentes colores del mapa imperialista del mundo se han unido y fundido en el arco iris imperial global. La transformación de la geografía moderna imperialista del mundo y la realización del mercado mundial señalan un pasaje dentro del modo capitalista de producción. Más aún: la división espacial de los tres Mundos (Primero, Segundo y Tercer Mundo) se ha entremezclado de modo tal que hallamos continuamente el Primer Mundo en el Tercero, al Tercero en el Primero, y al Segundo, en verdad, en ningún lado. El capital parece enfrentar a un mundo suavizado o, realmente, un mundo definido por nuevos y complejos regímenes de diferenciación y homogeneización, deterritorialización y reterritorialización. La construcción de los pasajes y límites de estos nuevos flujos globales ha estado acompañado por una transformación de los propios procesos productivos dominantes, con el resultado de que el rol del trabajo fabril industrial ha sido reducido y la prioridad otorgada al trabajo cooperativo, comunicacional y afectivo. En la postmodernización de la economía global, la creación de riqueza tiende cada vez más hacia lo que denominamos producción biopolítica, la producción de la misma vida social, en la cual lo económico, lo político y lo cultural se superponen e infiltran crecientemente entre sí” (Negri, 2001:44-45).


En este apartado, el autor italiano no sólo sintetiza su posición, sino que caracteriza la globalización como realidad del capitalismo en su nueva condición de Imperio. Volvemos en este lugar, a ubicar al neoliberalismo como una fase de deconstrucción del Estado de Bienestar, fase que se ha abierto camino, esgrimiendo un discurso agresivo contra el Estado y propagador de las bondades de la iniciativa privada, es decir, un discurso profundamente ideológico; en todo caso, dentro del marco de la globalización como Imperio, el neoliberalismo es una jugada estratégica del Capital, pero no podemos identificarlo con la globalización y con Imperio, ya que estas son dos dimensiones más complejas de la actual dominación capitalista.

Retomando el párrafo de Negri, cabe comentar que la descripción de la globalización como Imperio nos coloca en un horizonte en el que, en primer lugar, no podemos identificar a ésta con internacionalización, ni con americanización u occidentalización. Tampoco podríamos identificarla con modernidad mundializada. Inclusive las imágenes que han sido apostadas para describir el mundo de post-guerra fría no serían adecuadas para dar cuenta de la realidad sobreviniente; nos referimos a las representaciones de un mundo sin sentido (Laïdi, 1997:25 y ss), a la idea de “choque de civilizaciones” de Huntington (1996), a la idea de “fin de la historia” de Fukuyama (1992), pero también, no serían pertinentes para la descripción las imágenes de la unipolaridad, del cosmopolitismo y de la multipolaridad.

La representación de Imperio pretende describir un capitalismo global biopolítico, integral e intensivo. Imperio es el resultado de un proceso histórico que ha logrado el tránsito de la subsunción formal a la subsunción real (Moncayo, 2004:103).

El dominio integral de la globalización es un producto histórico que se ha manifestado con todo su esplendor en la actualidad. Podríamos señalar que, desde el inicio mismo de la Modernidad, se da una vocación para una dominación de estas características. Como dice Negri, en el proceso histórico de los siglos XV a XX se fue seleccionando una línea de desarrollo capitalista modernizadora que, en principio, no se ofrecía como la única posibilidad. Quizá fue una contingencia[3] el que tanto la economía, como la política y la cultura convergieran en un modelo modernizador capitalista que ex post facto se identificó como necesario.

En el Renacimiento[4], se esbozaban distintos cauces de desarrollo histórico, en él se da un plano de inmanencia revolucionaria del Homo Faber (no el hombre que fabrica utensilios, sino el hombre que se autoinventa o se autoafirma en su ser), pero en ese momento también inicia su crecimiento otro cauce, el de la guerra, el de la modernización, el del eurocentrismo. Tanto Negri (2001:103 y ss) como Stephen Toulmin (2001:27 y ss) consideran que el siglo XVII ya visibiliza la tendencia dominante que va a engordar el cauce de una modernización capitalista. Interesa insistir en que en el inicio de la Modernidad y en su ulterior desarrollo, se dan manifestaciones de fuerzas abarcantes[5], que paulatinamente van cobrando cobertura e intensidad, articulando las dimensiones económicas, sociales, políticas y culturales, que transitarán por un ciclo vital lleno de vicisitudes hasta arribar a Imperio.

Este cauce capitalista in crescendo articula, entonces, en torno al acrecentamiento de las fuerzas productivas una concepción del todo social que, al decir de los sociólogos, dibuja un tránsito de sociedades tradicionales (órdenes sociales recibidos) a sociedades modernas capitalistas (órdenes sociales producidos) [Touraine, 1997].

Lecturas como las de Foucault, Deleuze y Negri sobre la biopolítica y la globalización como Imperio tienen aquí su más destacada apuesta. El capitalismo global no es principalmente el fin de los Estados Nacionales, o el fin del territorio[6], la hegemonía de la trasnacionalización o del neoliberalismo. No, la globalización o el capitalismo de Imperio es el dominio capitalista, es mucho más, es un poder entendido como biopoder, entendido como el dominio que se ejerce ya no sobre la naturaleza como base primordial de la existencia, sino el dominio sobre la autoproducción de la naturaleza misma (tanto la exterior como la interior, léase el inconsciente); el capitalismo ha conquistado no sólo el mundo dado, también domina el mundo diseñado, el mundo dispuesto y representado (Heidegger, 1995: 75 y ss.) por el desarrollo y poder de la técnica y la ciencia de amplitud planetaria. El todo de la vida, el todo socio-económico, el todo socio-cultural, el todo socio-político ya no es dado, es producido de cabo a rabo por Imperio o por la biopolítica. Antes, los dioses nos daban la vida, después la naturaleza era la proveedora, ahora, es la ingeniería genética, la ingeniería social gradual o no, la que produce nuestra condición y, por ende, también la que decide.

De modo que la globalización es Imperio y eso significa que ella es compleja, es planetaria, pero igualmente es la aldea global. La globalización es omniabarcante pero también es una abreviación. Podemos hacer un seguimiento al proceso histórico que nos trajo a ella. Podemos identificar la sucesión de fases, en las que el proceso de captura ontológica de la realidad por la máquina capitalista va haciéndose cada vez más intenso hasta llegar a un orden social producido global. El capitalismo produce hoy, y domina sobre un mundo-objeto. Ese mundo es la unidad operativa; la globalización —como la define Hobsbawm (2003:24-25)— es entender al mundo como única unidad operativa:

“Entre 1914 y el comienzo del decenio de 1990, el mundo ha avanzado notablemente en el camino que ha de convertirlo en una única unidad operativa, lo que era imposible en 1914. De hecho, en muchos aspectos, particularmente en las cuestiones económicas, el mundo es ahora la principal unidad operativa y las antiguas unidades, como las «economías nacionales», definidas por la política de los estados territoriales, han quedado reducidas a la condición de complicaciones de las actividades trasnacionales”.


Negri dice que Imperio es la máxima expresión de la eficiencia de la explotación capitalista del ser (ser natural, ser social, ser subjetivo). El capitalismo ha producido un orden funcional de la realidad para su explotación. El proceso para crear el mundo-objeto ha sido el del encogimiento del planeta y el de la aceleración del tiempo (Augé, 1995:27). Fin de la geografía y asunción ya no del tiempo-espacio sino del espacio-velocidad. Además, Imperio superpone lo económico, lo político y lo cultural. De tal suerte, es muy difícil separar los procesos económicos de los culturales. Por ello, se hace insostenible la idea de entender la globalización como desligada de la economía capitalista. Todo se mezcla, según el enunciado de Touraine. En tiempos de la industria cultural, de indefinición entre conocimiento e información, de sondeocracia, de microships, etc., ¿cómo distinguir lo que es cultural, de lo que es económico, de lo que es político?, ¿existe una dimensión dominante?


Del fin del Estado a la trasformación de su función


La frase del maestro de Negri —“El Estado va y viene”— nos coloca en la perspectiva de comprender que el Estado es una realidad relacionada con y subordinada al desarrollo de las fuerzas productivas, a su forma y grado de organización. Somos conscientes de que el debate sobre la autonomía del Estado tiene muchos malentendidos. Desde nuestra perspectiva, es dable decir que, simultáneamente, el Estado es y no es autónomo. Su autonomía se da por cuanto es una instancia de racionalización de la vida social y económica que no puede ser instrumentalizada de modo arbitrario por los intereses inmediatos de una clase o un grupo social. Pero, de modo semejante, no es autónomo por cuanto es una instancia co-generadora de un orden social de la producción material del orden social capitalista. El Estado es coerción con propósitos de cohesión, en el marco de la generación de un orden social, cuya prioridad es la acumulación y organización de Capital.

En condiciones de globalización, es decir, en condiciones de un orden social capitalista en su fase de Imperio, más que nunca se hace visible que el Estado no puede ser visto como una esencia autónoma:

“El aislamiento del concepto de Estado es un absurdo lógico antes de ser una decisión histórica radical, es decir, la decisión de aquél que manda en la división del trabajo social” (Negri, citado por Moncayo, 2004:28).


El orden social capitalista ha integrado una ontología de la creación, es decir, se ha generado de pies a cabeza como un orden social producido en el que la forma Estado es funcional de manera diferencial. Qué duda cabe de que el Estado jugó un papel de centralización política y económica frente a la dispersión feudal, un papel de limitación del rey en su fase de monarquía absoluta, tomó funciones de gendarmería en la fase librecambista del capitalismo, un papel militarista y belicoso en la fase monopolista del orden social capitalista. Ni hablar del Estado de Bienestar en la encrucijada de la primera mitad del siglo XX entre la desestructuración de la Gran Depresión y la “amenaza” del socialismo. Podríamos decir que, a lo largo de esta historia, el Estado va y viene, se conserva transformado, no desaparece. La historia de las transformaciones del Estado o de la forma Estado depende o es relativa a, al decir de Negri, no es más que el acompañamiento o la trascripción de su Forma dependiendo de los cambios en la organización del modo de producción.

Ahora bien, como quiera que se da insistentemente, y no sólo en el marxismo, el debate base-superestructura[7], debemos entender que esta lectura marxista y quizá marxiana del Estado, no se puede colocar en los términos monocausales e instrumentalistas de la que tanto se ha hablado. La forma Estado no es una simple organización represiva de una clase social sobre otra; el Estado es una racionalización, una producción abstracta (Forma-Estado) idónea, eficiente, es decir, funcional a un orden de dominación inscrita en el orden social capitalista. El Estado es objeto y sujeto de dicho orden.

Se ha modificado el orden social capitalista y, por ende, se ha modificado el Estado y sus funciones. ¿Qué Estado se ha ido, qué Estado ha venido? Imperio es la fase de un orden social que se da en condiciones de explotación sobre el trabajo objetivado, la informatización de la sociedad, la automatización, el post-fordismo en la organización del trabajo, las competencias y la flexibilización de la fuerza laboral; también se da economía de capital fijo, la re-organización del espacio productivo, la prevalencia del trabajo inmaterial, limitaciones al salario directo e indirecto, deslocalización y desterritorialización, trasnacionalización. El orden de Imperio es causado y causante de estas transformaciones, de tal suerte que detallaremos lo que se ha transformado en la forma-Estado, lo que permanece y lo que devendrá.

Pero antes, es bueno recordar el método de abordaje de estas transformaciones y de la descripción del Nuevo Orden de Imperio. Quisiéramos en este punto tomar distancia frente a dos enfoques; a uno lo llamaremos el moderno-ilustrado y al otro el de la desmodernización. Ambos enfoques han sido criticados por marxistas, post-estructuralistas y sociólogos de la complejidad. La interpretación moderna es en grado sumo racionalista, humanista y adherida a la “filosofía” del Progreso. La crítica marxista y foucaultiana ha sido contundente frente a esta perspectiva. En efecto, la fase actual de la sociedad no es más humana, no es una etapa superior de desarrollo evolutivo del hombre y la sociedad. Los hombres construyen y son construidos por la sociedad, es decir, son condicionados-condicionantes, y toda sociedad es un orden social investido de asimetrías, conflictos, guerras, dominaciones. La globalización no es un don que se irrigue por igual y generosamente por el cuerpo social. Si la globalización es un bien, no es un bien común, es un bien disputado, una riqueza quizá producida por toda la sociedad, pero apropiada privadamente, por clases, grupos, sectores dominantes y Estados dominantes.

Considerando lo anterior, debemos en actitud fenomenológica (epojé) poner entre paréntesis el progreso, el humanismo y el racionalismo. Imperio no es la era del capital en la cual su dominación ha desaparecido en una legitimidad universal, o en una interiorización invisibilizadora y seductora de sus tecnologías de poder. No somos más civilizados, no sufrimos menos, aunque lo cierto es que la dominación y el poder se han transformado profundamente. Hemos pasado a la fase de Imperio, es decir, a la fase en que la dominación no se justifica desde el discurso político, el ético, el ideológico; la dominación se ha vuelto performativa, la dominación se legitima desde el funcionamiento o desde la pragmática eficiente del funcionalismo: si es funcional, si es eficiente, entonces es legítimo.

Recordando la célebre tesis de Weber en su Ética protestante y el espíritu del capitalismo, José Joaquín Brunner —el sociólogo chileno— hace una pregunta pertinente en la fase del capitalismo global y/o de la globalización: ¿es posible un capitalismo post-ascético? Ante ello, habría tres tipos de respuestas: a) respuestas pesimistas, al estilo neoconservador de Daniel Bell, que abogan por un back to basics —por ello lo denominan a él y a sus afines como virtuócratas—; b) respuestas optimistas, a lo Hayek, para quien el capitalismo ha dado muestras de viabilidad evolutiva, responde flexiblemente, se adapta y supervive; y c) respuestas intermitentes, a lo Foucault, a lo Negri, consistentes en plantear intermitencias entre la dependencia y la autonomía de la evolución de la cultura y el progreso del capitalismo... similar a la tesis de que el Estado va y viene. Se trata de la afirmación de que, una vez adquiridos ciertos comportamientos —por ejemplo, en el nivel de la cultura económica— ellos se mantendrán hacia el futuro, por cuanto que se convertirán, según Habermas, en stocks de aprendizaje evolutivo irreversible o en una especie de “segunda naturaleza”, independizándose de los manantiales de inspiración ética o de las eventuales recompensas simbólicas (religiosas, intelectuales, estéticas o políticas). Es lo que Foucault denomina “sociedad disciplinaria” y que alcanza grados eximios de sutileza en Imperio. El capitalismo puede ser intermitentemente, dice Brunner (1999:78 y ss), puritano o nihilista, ilustrado o postmoderno y —agregaríamos nosotros— con centralidad en el Estado-Nación o descentrado en la trasnacionalización.

“Se trata, como bien lo precisa Antonio Negri, de la construcción social de un aparato trascendental que fue capaz de disciplinar a una multitud de sujetos, al interrogarlos como formalmente libres y al sustituir el dualismo ontológico de la sociedad feudal por un nuevo dualismo funcional, que mediatizó las relaciones con la naturaleza y la divinidad hasta el punto de magnificar la razón, como lo expresó todo el iluminismo” (Moncayo, 2004:62).


Por su parte, la forma discursiva de Alain Touraine subraya el carácter de erosión del orden social en condiciones de globalización o de Imperio, al decir de Negri. Touraine considera que en circunstancias de baja Modernidad, se ha producido una desmodernización, consistente en una desinstitucionalización, una despolitización y hasta una desocialización de la vida en común. Comparada con la Modernidad clásica, el sociólogo francés describe el mundo actual como atravesado por una crisis de las columnas clásicas, la educación y la institucionalización (juridificación) de la vida. Crisis de la familia, de la iglesia, de la escuela y del Estado. Los parámetros que integraron la clásica Modernidad se han disuelto, dejando al individuo expósito en medio de la globalización neoliberal (en especial, expuesto a los medios de comunicación y su lógica del consumo) y del comunitarismo como reacción o resistencia a esa modernización neoliberal globalizada y globalizante. En cierto sentido, no hay en Touraine una lectura de Progreso sino de involución, de movimiento regresivo, por cuanto en la desinstitucionalización vislumbra, más que una oportunidad de emancipación, un motivo de carencia o desestructuración. Lo de Touraine se parece más a un discurso del fin, muy en boga en las referencias posmodernistas. Contrario sensu, el discurso de Hardt y de Negri es el de reordenamiento o reconfiguración de la dominación del orden social capitalista. El saldo es que, mientras el discurso desmodernizador de Touraine aparece como atado a una linealidad histórica (a pesar de la cita que hemos hecho, ubicada al principio del libro referido), Imperio da una lectura, digamos dialéctica, de la realidad.

Miremos cómo el Estado-Nacional, en condiciones del Nuevo Orden Global, queda inscrito en un funcionamiento en el que la lógica dominante es la trasnacionalización y la subnacionalización de una sociedad red o multirred (Castells, 1997, Tomo I). No sobra reiterar que el concepto clásico de soberanía nacional se modifica o se automodifica, porque hay que señalar el papel jugado por el Estado para coadyuvar al tránsito de sociedades estatales a sociedades globales. La sociedad global tiene en la red, en la virtualidad, en la velocidad de los flujos, un soporte axial que genera intercambios propios de una prevalencia de la producción inmaterial y de una valorización predominante de la comunicación/información.

El Estado, dijimos, ha jugado un papel clave en el tránsito a sociedades complejas y/o globales. Ha contribuido a administrar dicha transición de manera pacífica o acudiendo a la guerra[8]. A este respecto, todo lo que se ha dicho sobre la apertura de fronteras, la desregulación, la estandarización, se puede entender como adecuación a Imperio. Una expresión central de todo el proceso o pasaje (como dice Negri) es el de la demanda obsesiva por la seguridad jurídica. Desde su lógica, el dominio de Imperio no es, o no puede ser, arbitrario. Lo jurídico ya no es la expresión de un poder que ha pasado de su estado natural y salvaje al social-civilizado. La lógica de lo jurídico no pertenece a lo incluyente de la teoría del pacto social, sino a la lógica de la confianza, o la reducción de la incertidumbre. Lo jurídico hace fluido el dominio, la acumulación. Lo jurídico no representa la soberanía (del pueblo, del constituyente primario) sino la normalización de una sociedad que necesita seguridad ontológica[9]. Lógica de acción y pensamiento que se da igualmente en el tratamiento de las disrupciones antisistema y que tiene como ejemplificación el discurso que deniega la existencia o persistencia de la guerra[10] en la actualidad; claro está que este discurso ya se hizo presente en la Modernidad Clásica y que en la actual condición de orden global se traduce como guerra justa y acción policíaca contra bárbaros y delincuentes (terroristas).

Es decir, denegación del conflicto, denegación de la guerra, denegación de los actores opositores, denegación de la ruptura. El Estado Nacional cumple funciones de seguridad ontológica y es un patrimonio del orden social heredado de la sociedad moderna, nada despreciable. Por ello, se ha transformado para insertarse funcionalmente en la época de la desterritorialización informatizada del capitalismo de Imperio.


Como balance



Es dable afirmar que la soberanía de los Estados nacionales está declinando progresivamente; la soberanía se desplaza hacia formas globales más descentradas que convergentes en un Estado unilateral; ha desaparecido la geopolítica de los tres mundos, la producción de riqueza está sujeta a la producción del biopoder (dominación integral e intensiva, que contradice la idea de libertad negativa, tal como la entienden los liberales).

Ahora bien, el desplazamiento de soberanía no significa, como autores de best sellers lo han afirmado, que se ha perdido el control o que estamos prontos al advenimiento de la anarquía (Kaplan) o a la proliferación de nuevas guerras (Kaldor) en las que la lucha de identidades fundamentalistas en medio de una economía universal e informal van a ser el pan de cada día. La pirámide kelseniana de lo nacional no es abolida quedando en su reemplazo nada más que el vacío o la anarquía. No, al contrario: es posible vislumbrar ya un orden basado en una pirámide de la constitución global. A primera vista, el conjunto de controles y organizaciones representativas parece estar dispuesto de manera desarticulada y caótica. Si bien es cierto, los elementos constitucionales son múltiples (Estado-Nación, asociaciones de Estados-Nación, ONGs, trasnacionales, Organizaciones de Institutos Supranacionales, etc.). La apariencia de yuxtaposición sin orden se ve contrarrestada si entendemos que sin poder ser un Estado imperialista (un unilateralista global), los Estados Unidos juegan un papel de cúspide aún. En descenso por esta pirámide de la constitución global encontramos un grupo de Estados-Nación que controla y regula instrumentos monetarios globales, v. gr, el G8. En un tercer nivel de esta pirámide, existe una serie de asociaciones de todo tipo: se trata de ONGs, organismos multilaterales, asociaciones humanitarias, etc. Todo este engranaje despliega poder cultural y biopolítico en una escala ya no nacional, sino mundial.

La imagen de una pirámide de la constitución global que representaría a Imperio quizá no es del todo feliz. Imperio es sociedad de control, interconectividad planetaria, cartografía de flujos, sociedad red. Es más Imperio que Polis. Esta nueva o acabada forma de dominar y ordenar al mundo ubica estratégicamente los elementos como en un juego de ajedrez. Juegan las trasnacionales, los entes supranacionales, las ONGs, las regiones, las localidades, Los Estados-Nacionales, el FMI, la OMC, etc. Pero cada uno hace movimientos (jugadas) de acuerdo con un libreto macro que atribuye valores diferenciales tanto a los actores como a sus jugadas o actuaciones. La forma de dominio global es sui genéris, y para explicarla debemos retrotraernos a la Guerra Fría[11]. Zaki Laïdi lo ha expresado notablemente cuando caracteriza a la Guerra Fría como la máxima expresión de la Cultura Moderna de las Luces, como quiera que se articularon el poder y el sentido. Se trataba de dos Mega-Estados, hijos de la Modernidad y con todas sus prerrogativas. Con el Fin de la Guerra Fría, la caída del Muro de Berlín, la disolución de la URSS, muchos vaticinaron la unipolaridad o un Nuevo Orden Internacional. Laïdi en 1994 no fue tan auspicioso: diagnosticó el divorcio entre poder y sentido, queriendo con ello significar que la era en que nos adentrábamos quedaba huérfana de las grandes ideas que había cohesionado a la Modernidad.

Con Negri y con Bauman, entendemos que el divorcio entre poder y sentido es el de reconfiguración entre política y poder, en el sentido de que, en buena medida, las agencias políticas se ven desposeídas de poder pero no de función (ejemplo, el Estado-Nación):

“Entre otras cosas, «globalización» alude a la progresiva separación del poder y la política. Tal como señala Manuel Castells [...], el capital, y particularmente el capital financiero, «fluye», ya no más limitado por las restricciones de espacio y distancia, mientras la política sigue siendo, como antes, local y territorial. Ese «flujo» está cada vez más fuera del alcance de las instituciones políticas. El espacio físico y geográfico sigue siendo el hogar de la política, mientras que el capital y la información habitan el ciberespacio, donde se neutraliza o se cancela el espacio físico” (Bauman, 2002:129).


Desde luego es importante resaltar matices. Hemos mencionado que el Estado va y viene, que el Estado es un agente globalizante estratégico; no queremos perder este punto de vista, de lo contrario caeríamos en una interpretación dicotómica de la globalización: poder/política; mercado/Estado, etc. La dicotomía se disuelve si reiteramos este juego de relevos, este papel del Estado en términos de agente protágonico unas veces y de coprotágonico otras veces. Para ejemplificar de nuevo podríamos decir a vuelo de pájaro que el sistema Estadocéntrico originado en la primigenia Modernidad (en Westfalia en 1648) ha sido relativizado por la emergencia, rivalidad y paralelismo de otros agentes de la vida internacional. Es cierto, igualmente, que la ideología neoliberal considera al Estado un mal necesario (Estado Mínimo). Sin embargo, el globalismo neoliberal orientado hacia el mercado ha tenido que replantear muchas de sus percepciones y acciones, después de 11 de Septiembre de 2001. A partir de esta fecha se produjo un redimensionamiento del Estado, dado el paso de una esquema eminentemente geoconómico a uno en que la geoseguridad ocupa un lugar destacado.

También podemos decir que, si bien la globalización de Imperio enfatiza en la sociedad de control-red, esto no riñe con el hecho de que Estados Unidos, El Pentágono, La Reserva Federal son “lugares” que toman decisiones con alcance o pretensión extraterritorial, pero ya no al modo clásico westfaliano. Como lo dijera Javier Solana —antiguo director español de la OTAN—, Estados Unidos es el único, quizá el último Estado unilateralista global. Esto podría significar que se da aún una relación de Estados globalizantes contra Estados globalizados, que redes globales estratégicas están dominadas por una potencia comercial, militar y diplomática y, no obstante, esto no nos vuelve a la idea de que la globalización es un velo encubridor del dominio de los Estados más poderosos de la tierra sobre los demás. Estamos ante la emergencia de una gobernabilidad mundial diferente al sistema internacional basado sólo en los Estados. El poder ya no es sólo territorial, ahora se extiende a otras dimensiones de la vida social. Por ello, en la actual coyuntura no es desacertado señalar una tendencia en la que se marca la política sin poder, el Estado-Nación sin soberanía. El poder tiende a concentrarse o a irradiar su dominación desde el ciberespacio, más que desde la territorialidad; más desde el FMI, que de los Ministerios de Hacienda de los Estados globalizados; más en Planeación Nacional o en la Junta Directiva del Banco de la República, que en el Congreso... Globalización obliga.


Bibliografía


Augé, Marc. Hacia una antropología de los mundos contemporáneos. Barcelona: Gedisa, 1995.
Baudrillard, Jean. Cultura y simulacro. Barcelona: Kairós, 1978.
Bauman, Zygmunt. En busca de la política. México: FCE, 2002.
Beck, Ulrich y otros. Modernización reflexiva. Madrid: Alianza, 1997.
Berman, Marshall. Todo lo sólido se desvanece en el aire. México: Siglo XXI, 1988.
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[1]    El término “mundialización” proviene del francés; ver Laïdi, 1997.
[2]    “Ni globalización ni postmodernidad son nombres inocentes, sin embargo. Son términos cargados de valor, como otros de la misma familia: capitalismo, dependencia, democracia, desarrollo, etc.” (Brunner, 1999:10).
[3]    Argumentación de los teóricos de la sociedad del riesgo como Giddens y Beck, pero también de Laclau y Mouffe.
[4]    Boaventura Sousa considera que nació primero la Modernidad y después el capitalismo, para acabar primero ésta y seguir en pie aquél. Véase De la mano de Alicia.
[5]    Berman, 1988, Pág. 28 y ss., sobre el título de Goethe, la tragedia del desarrollo.
[6]    Sabemos que la globalización es ambigua, es homogeneización y diferenciación, integración y fragmentación, territorialización y desterritorialización, localización y globalización.
[7]    Dice Moncayo (2004:49) que: “Los límites de esa comprensión, en términos de causalidad estructural (como la denominó el propio Althusser), que fueron incluso advertidos y entendidos en la autocrítica althusseriana, abrieron el camino a una explicación muy diferente que, en buena medida, bebió en la fuente de los grundrisse, para poder renegar en forma definitiva de la pareja base-superestructura, y remitir la problemática en forma exclusiva a la producción material, pero sin identificarla con la economía, entendida como base”.
[8]    La tesis de “nuevas guerras” de Kaldor es plausible desde el punto de vista de que la globalización ha transformado la guerra como violencia organizada y política. En otro sentido compartimos la crítica que ha recibido, en tanto lo tajante de la diferenciación entre viejas y nuevas guerras.
[9]    Contribución importante a esta línea la representan los teóricos de la sociedad del riesgo y la modernidad reflexiva como Giddens, Beck, Bauman y Lash.
[10] Marín Ardila, Luis Fernando Marín, Reseña 3 Sobre reformulaciones de la teoría del Estado y del poder.
[11] Se ha señalado que en la época de la Guerra Fría, como fase de la globalización, los Estados-Nación ya pierden su soberanía en sentido clásico. En efecto, no tienen el monopolio de la violencia, sólo USA y URSS ya que poseen el arma nuclear; no poseen tampoco la soberanía económica, lo cual se hizo más explícito con el cambio del patrón oro; y, además, no poseen el dominio territorial, ya que este es birlado por el poder tecnológico de las potencias que se guardan para sí el dominio del éter (satélites, órbita geostacionaria, espacio electromagnético).

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